— Ilustración realizada para Maclein y Parker

Por Josele Haller.

a través de — Blog

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CLAUSTROFOBIA “VEGETAL”

El bosque tenía un follaje espeso. Tan espeso que el cielo era inaccesible a mis ojos y lo más lejos que podía ver eran escasos metros delante de mí. Las plantas eran extrañas, con las hojas parecidas a manos humanas. El suelo era blando, aunque no llegaba a hundir mis pies en él. El aire era espeso y húmedo, cargado de vaho.

Mientras caminaba sin ningún tipo de rumbo, empecé a sentir que los elementos y yo éramos uno solo en continuo movimiento. Los trazos de mis pasos modificaban la maleza, que cada vez era menos frondosa.

Desorientado, al fin, llegué a un claro. A una mancha de aliento entre tanta claustrofobia vegetal. Mi mirada se congeló en el suelo al comprobar que había pisado lo que en principio parecía un cráneo que permanecía semienterrado en el suelo. Era de tamaño menudo, ¿podría ser de un niño?

Este primer pensamiento me hizo dar un pequeño salto hacia atrás y posé mis ojos al frente. ¡Estaba en lo cierto! Había cientos de ellos. ¡Eran personas, de todas las edades y sexos brotando literalmente de la tierra! Sus cuerpos estaban ensangrentados y desnudos. Acogían las más variopintas posiciones, como si de un árbol se tratase. La anciana que se encontraba a unos 5 o 6 metros de mí en diagonal hacia la izquierda se contorsionaba hacia atrás alzando su mando derecha hacia el cielo, mientras su mano izquierda se retorcía hacia su espalda. La tierra le llegaba a las rodillas.

Me fijé y había pequeñas acequias en las que corría algo que yo identifiqué como sangre. Alguien o algo ha hecho esto. ¡Alguien o algo está cultivando personas!

La luz era tenue, pero mi curiosidad y el tiempo que llevaba en aquel claro agudizaron mi visión. Los rostros estaban desiertos. No había rasgos. No había boca, ni ojos, ni nariz… nada. Lo que sí acertaba a ver era un número a la altura de la frente, de muchos dígitos.

Entonces, noté un pequeño empujón en la espalda que provocó en mí un miedo electrizante que recorrió todos mis huesos. Con el sobresalto no me di cuenta de que al mismo tiempo algunas “personas-planta” se empezaron a mover, o mejor dicho, a vibrar. El aire soplaba tras de mí y las hojas de los árboles repiqueteaban a mi alrededor junto a las extremidades de esas “personas”.  Algunos, incluso parecen sufrir convulsiones.

Noté, en uno de ellos, más actividad que en el resto. Era un adolescente de pelo rubio ondulado que había sacado una pierna de la tierra y con sus manos estaba tirando de la otra que le quedaba atrapada. Algo no me olía bien y di unos pasos hacia atrás con la intención de esconderme. El chico finalmente escapó y comenzó a correr desorientado, preso de la angustia, chocando constantemente con sus semejantes. A pesar de estar paralizado, pensé en ayudarle. Di un paso al frente, pero me frenó un sonido. Un grito o chillido tan agudo que dolía al escucharlo. Parecía provenir de distintos sitios. Puede que distinguiera 2 o 3 distintos en aquel momento.

No recuerdo bien los siguientes acontecimientos, pues fueron muy rápidos y la adrenalina de mi cuerpo no me dejaba digerirlos con la objetividad suficiente. La cuestión es que se abrió la frondosidad del cielo y entró una especie de ave gigante de color oscuro con unas garras, creo recordar, desproporcionadamente grandes, plateadas al igual que su pico, reluciente y astillado, como con dientes. Fueron décimas de segundo lo que tardó esa bestia en despedazar al muchacho y fue poco más lo que tardaron en entrar en escena 2 aves más, y luego otra. Peleaban por un trozo de comida casi insignificante si lo comparamos con sus envergaduras. A mi lado saltaban sangre y vísceras. Vomité considerablemente y entre mis ojos llorosos por el esfuerzo vislumbré la cabellera rubia del muchacho a escasos centímetros de mí, con su número a penas visible por los zarpazos. Fijé mi vista un poco más y vi desintegrarse dicho número al mismo tiempo que me venía un tremendo dolor de cabeza. La vista se me nubló de repente. Me costaba respirar. Era como si se me taponasen los oídos o se me redujeran los orificios de mis órganos faciales. El miedo y la angustia se apoderaron de mí y comencé a correr sin sentido. Lo último que escuché fue un graznido agudo y lo último que sentí fueron como 10 puñales que abrazaban mi cuerpo hasta hacerlo añicos.

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SACO DE IDEAS

Aquel día no sabía de qué escribir, no sabía en qué pensar, qué hacer. Solo me limité a dejar fluir la mierda del cerebro hasta el lápiz sin ningún tipo de filtro, a ver si así podía quitar el nudo que se aferraba a mi garganta riéndose de mí por mi absoluto fracaso general:

Comencé transcribiendo lo que me dictaban las feroces arañas que caían del techo, con cien mil ojos y tan solo una pata. Se comenzó a resquebrajar el cielo, y yo, me senté a verlo con mis palomitas y mi tercio mientras mis parientes corrían sin sentido de un lado hacia otro gritando y agitando los brazos enloquecidamente. Un coro de bombillas fundidas entonaban graznidos casi imperceptibles que agotaban mi energía. A continuación se me cayeron los brazos y las piernas, intenté chillar pero en este instante salieron de mi boca tres duendecillos verdes saltando a la comba con mis cuerdas vocales. Intenté reptar con todas mis fuerzas para ponerme a salvo en el hueco que se formaba en las raíces de un árbol gigantesco, cuyas ramas se mezclaban con las nubes. Pero cada vez que yo avanzaba, el árbol se arrastraba más lejos, el muy hijoputa.

Empezaron a llover alfileres. Yo me tumbé boca arriba a disfrutar del espectáculo mirando el cielo de color amarillo escupiendo cientos de miles de alfileres. Me quedé ahí hasta que una mano de color púrpura agarró el horizonte para poder asomar la cabeza. El sol púrpura era magnífico, pero no tenía luz propia, así que murió seis veces antes del amanecer. Pero siempre elegante, con sus cortinas delante para disimular su exceso de colesterol.

Yo me entretuve contando las margaritas que nacían de mis miembros caídos hasta que noté un picor en la entrepierna. Examiné la zona y me di cuenta de que también me había nacido una flor en el pene. Mi respiración comenzó a acelerarse, pues la flor crecía y crecía sin parar. Llegó a hacerse del tamaño de un balón de fútbol. Yo tenía unos treinta y tantos. ¿Cómo iba a vivir alguien más de treinta y tantos? Era prácticamente imposible. Pronto moriría, la flor lo indicaba claramente, así que comencé a preparar mi entierro, en el que, por supuesto, mis cinco extremidades floridas tuviesen mucho protagonismo.

Mi cerebro lo metí en un bote de conserva y lo tiré al mar más próximo, pues parece que no quería participar en mi muerte (por cierto, el mar lo había fabricado yo mismo días atrás con un gargajo, fruto de la acumulación de saliva en mi depósito bucal durante años). Junto a él puse dos grillos, de distinta especie para que se centraran únicamente a seguir mis órdenes sin distracciones sexuales. Dichas órdenes no eran otras que transmitir un mensaje de paz y armonía al que encontrase el bote.

Así salvé el mundo, o una parte de él, prescindiendo de mi pequeño, inmaduro e insano saco de ideas.

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LA CUEVA ADHERENTE

Entré en la cueva. Me hormigueaban los pies. Las gotas de agua se dejaban caer hacia el suelo con violencia, provocando un eco insoportable. Seguí caminando. Las paredes se empezaban a estrechar a mis costados. Mi respiración se entremezclaba con el silencio, y a su vez con ruidos procedentes de insectos y pequeñas criaturas agitando sus alas.

A través de un pequeño hueco vi una luz. Me asomé, pero no podía atravesarlo, era demasiado estrecho. Entonces noté un escalofrío e intenté volver sobre mis pasos, pero las paredes rozaban con mis hombros. Algo que no alcanzaba a comprender me impedía darme la vuelta. Solo podía avanzar, lo que me hizo sentir un miedo terrible. Agarré una gran piedra del suelo y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para acceder a la galería que se veía al otro lado. Y tal era mi ansiedad que de un solo golpe se abrió un boquete lo suficientemente grande.

Accedí rápidamente, temblando e hiperventilando por el terror que se agarraba con fuerza a mi pecho.

Una vez dentro miré a mi alrededor, pero todo estaba inundado de una espesa niebla blanquecina que apenas me dejaba respirar. La luz procedía de la parte superior de la galería. Avancé unos pasos y de repente me sobresaltó una figura humana enroscada en sí misma, con ambos brazos rodeando y abrazando sus propias rodillas, sentado y con la espalda apoyada en la pared.

Pasé unos instantes sin poder moverme, hasta que logré acercarme. Era un anciano ensimismado, recitando extraños poemas sin sentido y casi imperceptibles desde esa distancia. No se percató de mi presencia hasta que estaba a menos de un par de metros de él. Levantó la vista muy tranquilamente y dijo “¿qué haces aquí?”. Seguidamente preguntó mirándome fijamente el pecho “¿qué llevas ahí? Parece que ya te han acribillado a balazos. Bien, es la única forma de aprender, aunque yo te aconsejo que desaprendas, lo hace todo más fácil”. Hizo una pausa y continuó, esta vez levantando más la voz “Maldito iluso, ¿Qué coño has venido a buscar? ¡Vete de aquí de una puta vez!”. Inclinó la cabeza hacia el suelo y comenzó a agitarla. Parecía muy perturbado. Me fijé, y sus extremidades inferiores se fundían con el suelo como las raíces de los árboles, y su espalda también estaba unida al muro de piedra. ¡Estaba unido a la tierra y a la roca!

“Tus pies están unidos al suelo, son como raíces, ¡estás pegado a la tierra!”

Levantó la vista frunciendo el ceño, “¿y qué te hace pensar que no soy tierra, o que no soy vegetal o que no soy agua?”

Le miré a los ojos y éstos empezaron a derretirse junto a su cara, hasta que sus fracciones me parecieron irreconocibles. Hasta que en cuestión de segundos quedó reducido a un charco de líquido turbio de color ocre. No me dio tiempo a pensar sobre lo sucedido, cuando de repente una sombra tapó la luz que procedía de arriba por un instante, y se escuchó un tremendo golpe en el suelo. Me di la vuelta y ¡allí estaba! Era el anciano tirado en el suelo como un trapo, inerte. Seguidamente cayó otro cuerpo encima del anterior y otro después. Era el mismo anciano en todas las ocasiones. Cayeron hasta un total de siete cuerpos, todos idénticos. Entonces se escuchó un estruendo, un trueno que parecía proceder del mismísimo infierno.

“¿Cuántas veces tienes que morir para darte cuenta de que estas vivo?” Era una voz rígida e inerte, como la del anciano pero multiplicada por mil, y no sabía exactamente de dónde procedía. Parecía venir de todas direcciones.

Me arrodillé en el suelo con las manos en la nuca y grité “¡No sé qué quieres de mí!” Entonces noté un aliento en mi nuca. Era cálido y me resultaba familiar, pero me puso los bellos de punta. Di un salto hacia delante girándome y gateando hacia atrás, y vi ante mí la cara del anciano con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir de sus órbitas. Solo estaba la cara, no había cuerpo, y flotaba en el aire como si fuera gas, incluso se transparentaba y se difuminaban sus rasgos.

“¿De verdad no te reconoces a ti mismo? No soy más que un aviso, una simple advertencia para que comprendas lo triste que puede llegar a ser tu propia existencia. Soy un trozo de ti. Soy la parte sucia y podrida de tu alma, el veneno que todo ser humano lleva dentro. ¿Te asusta verdad? ¡No hay nada más desconcertante y a la vez más necesario que asustarse de uno mismo!”

Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí me encontraba con una gran piedra en la mano, encajado entre dos paredes estrechas y con un hueco enfrente de mí, demasiado estrecho como para atravesarlo. Salía de él una luz cegadora. Me asomé y vi a un anciano con barba y muy delgado sentado y apoyado en la pared recitando unos extraños versos. Sonreí ligeramente y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para pasar al otro lado.