EXTRA DE CARNE PARA LOS INVITADOS

— ¿Dónde está el señorito Mariano? Llevo dos días sin verlo. Qué extraño… Por cierto, ¿qué coño es esta carne? Está buenísima.

— Eh… Bueno… señor… la carne… vino un comerciante nuevo y dijo que era de un animal extraño, como exótico, no recuerdo bien el nombre. Y en cuanto al señorito Mariano, después de la revuelta en su finca cogió su caballo y salió a galope hacia el norte.

— Pues ya puedes ir recordando el animal que es porque quiero más de esto en la próxima fiesta.

— Sí, señor.

La criada se dio la vuelta con la cabeza gacha andando a paso ligero hacia la cocina. Allí asomado a la puerta la esperaba Alfredo, el sirviente más anciano de la finca.

— ¿Qué le has dicho? ¿Ha sospechado algo?

— Creo que no —contestó la muchacha frotándose las manos con nerviosismo—. Me ha dicho que quiere la misma carne para la próxima fiesta.

— ¿Qué? Madre mía, espero que se le olvide, porque si no ya me dirás cómo lo hacemos.

— Yo estoy demasiado nerviosa. Me va a dar algo. Esto no está bien. Tendríamos que haber pensado en otra solución.

— ¡Sabes que no había tiempo! Y deja de temblar. Vas a conseguir que nos maten a todos.

Por detrás de ellos, sigilosamente apareció la cocinera mirando hacia todos lados y limpiándose las manos con un trapo.

— Don Alfredo, ya he terminado de picar el resto de la carne. Voy a hacerla igual que la anterior tirada. Pero, ¿qué hacemos con los restos?

— Hay que echárselos a los cerdos. Con suerte en pocas horas no habrá ni rastro de los huesos. Y con el revuelo de la fiesta nadie se dará cuenta.

— Madre mía, ¿y no era mejor enterrarlo?— dice la sirvienta echándose las manos al rostro.

— ¿Tú sabes el tiempo que llevaría enterrarlo? Nos echarían en falta en seguida a cualquiera de nosotros. En la cocina nadie sospecha nada. Echadlo en el cubo de basura, que yo se lo llevaré a los marranos en cuanto vea el momento.

El sirviente cogió el cubo de la basura y, asegurándose de que no había nadie alrededor se dispuso a cruzar hacia las pocilgas. Al abrir la puerta se quedó sobresaltado al notar una mano en el hombro.

—¿Qué llevas ahí?

—Señorito Julián… Iba a echarles las sobras a los animales, que parece que les falta lustre, ¿no cree usted? Es… es que luego… luego viene la matanza y parece que sacamos poco provecho.

— Alfredo, Alfredo, Alfredo, viejo amigo. Tú te piensas que este que tienes en frente es tonto, ¿no? ¿Eso es lo que piensas?

— No señor, por… por supuesto que no.

— ¿Es que os ha faltado aquí de algo, Alfredo? ¿Cuántos años llevas aquí sirviéndonos?

— No… no lo sé señor. Desde que tengo memoria.

— ¿Cómo ibas a saberlo? Si no sabes ni contar. Si eres un pobre borrico de mierda.

— Pero señor, yo… Puedo explicarlo. Yo soy el responsable de todo. Los demás sirvientes solo seguían mis órdenes.

— ¿De verdad creías, Alfredo, que yo me iba a tragar la milonga esa de que los animales están hambrientos, cuando los restos os los coméis vosotros?

— No… no señor.

— Entonces deja de esconder comida por la finca y haz esa carne para mis invitados o te cortaré las manos. ¿Y sabes para lo que sirve un sirviente sin manos?

Esa última inspiración de aire le supo al sirviente más a vida que cualquier otra cosa en el mundo. Pero puso cara de arrepentimiento y contestó lo que llevaba años contestando a esa misma amenaza:

— De alimento para perros, señor.

—Exacto. Así que vuelve a la cocina y asad esa carne.

— Ahora mismo, señor. Lo siento.

Al llegar a la cocina plantó el cubo en medio y sudando dijo:

— Hay que hacer el resto de carne. Ya pensaremos que hacer con los huesos. Yo voy fuera a ver cómo van las cosas.

— Ay Dios mío…— suspiró la cocinera.

Al salir, Alfredo se detuvo en seco al escuchar la conversación que mantenían dos de los invitados que había en la fiesta. Se quedó justo en la esquina, en silencio, escuchando los susurros de dichos invitados.

— Que sí, que a don Mariano lo mataron el otro día en la revuelta. Que yo lo vi desde la lejanía. Y fueron entre los criados de éste y los de don Julián, me pareció ver. Don Mariano estaba castigando con el látigo una de las sirvientas y los demás se armaron de valor al verlo sólo. Son igual de cobardes que los perros, solo se defienden cuando son mayoría. Yo acabo de llegar, estoy buscando a don Julián, porque esta fiesta no debería haberse celebrado—. Esto último lo dijo subiendo un poco la voz y alzando la vista por encima de las cabezas del resto de invitados, como buscando.

— Señores, perdón por la interrupción, ¿buscan ustedes a don Julián?— La situación y el nerviosismo hizo que Alfredo interviniese rápidamente.

— Así es.

— Está en la cocina supervisando que todo esté en orden. Pueden ustedes acompañarme si quieren. Por favor, detrás de ustedes—, dijo señalando con la mano el camino que debían seguir.

Al entrar en la cocina, Alfredo, sin pensárselo dos veces y ante la mirada atónita del resto del servicio, le rebanó el cuello a uno y le traspasó el corazón al otro con un cuchillo de cocina que cogió nada más entrar. Los dos hombres cayeron al suelo a plomo dejando la figura de Alfredo cubierta de sangre y con el cuchillo en la mano.

La criada y la cocinera quedaron paralizadas por la escena. Alfredo secó el cuchillo con un trapo que llevaba colgado de los pantalones, levantó la mirada y dijo:

— Señoritas que sea extra de carne para los invitados.

MAMÁ NUNCA MIENTE

Mamá siempre me decía:

—No hijo, papá no es malo, es solo que está enfermo porque tiene un bichito dentro que hace que a veces haga cosas malas, pero no es él.

—¿Pero eso se cura mamá? —y ella contestaba: —Si hijo, se cura dejando a papá sólo, porque así el bichito que lleva en su barriga se muere de aburrimiento y se le cae a papá cuando hace caca, por eso nos hemos ido de casa. Pero tiene que pasar un tiempo, y tenemos que saber esperar.

—¡Hala mamá, qué bicho más malo! Y qué asco, ¿con la caca se va? —le dije yo.

Luego se empezaron a escuchar golpes en la puerta del motel donde nos habíamos ido para que mamá pensase, porque decía que necesitaba pensar para poner las cosas en orden o algo así.

—Por favor Laura, lo siento. Abre la puerta cariño, no me apartes de mi hijo, te lo suplico. Vosotros sois todo lo que tengo, mi amor. Os quiero mucho.

Yo me puse muy contento en ese momento, porque pensaba que a lo mejor el bichito de papá se había muerto ya. Pero mamá empezó a llorar y al preguntarle, me hizo un gesto para que hablase más bajito y con mucho cuidado me dirigió hacía el armario que se encontraba al fondo de la habitación.

—Hijo, creo que papá no está curado del todo. Recuerda que debe estar sólo para que se cure, así que debes esconderte en el armario. Corre. Y no salgas pase lo que pase y oigas lo que oigas ¿vale? si no, el bicho se hará más y más grande.

Lo de que tenía que estar sólo no lo comprendí del todo, ya que si abría la puerta, ella le haría compañía y todo volvería a fastidiarse. Y definitivamente no estaba curado, porque papá comenzó a alzar la voz diciéndole a mamá que abriese la puta puerta y que no le pusiese nervioso.

—¡Vete y déjanos en paz, Óscar. He llamado a la policía. Ya vienen para acá, y mi hermano también!

—¿Pero qué coño dices? —contestaba papá—, ¡abre la puerta o la echo abajo!

Yo temblaba de miedo mientras miraba por las rendijas del armario. Entonces la puerta se abrió de un fuerte golpe, que hizo un ruido que casi me mata del susto. Papá cogió a mamá por el pelo y le decía que era culpa suya. Luego le preguntó por mí, pero yo no podía salir porque el bicho sería ya demasiado grande.

Mamá no paraba de llorar, —¡que no grites te he dicho, joder!— le decía, mientras le daba un bofetón. Yo no pude evitar hacer ruido porque no dejaba de temblar. Entonces papá me sacó del armario cogiéndome del brazo. Me arrastró hasta el coche mientras mamá corría detrás de él agarrándolo del brazo y llorando desconsoladamente. Observé como la gente comenzaba a salir de sus habitaciones para ver lo que pasaba.

—¡Haz lo que quieras pero no te lo lleves! —decía, y la tiró al suelo de un empujón. Luego me metió al coche. Dio la vuelta con paso firme y ligero y se montó también.  Comenzó a decirme algo que no alcancé a comprender, mientras ataba mi cinturón. A mí me lloraban los ojos, pero aún así acerté a ver una figura que se acercaba por detrás de papá. Cuando estuvo lo suficientemente cerca vi que era el tío Manuel, que agarró a papá y lo sacó por la ventanilla. Luego comenzó a golpearle con una violencia que nunca había visto antes. Mamá intentaba agarrarlo diciéndole que lo iba a matar, pero los ojos del tío no eran suyos. ¡Su bicho era aún más grande que el de papá!

Finalmente se dirigió a su coche y mamá quedó llorando encima de papá. A los pocos segundos volvió a aparecer el tío Manuel con un hierro, un palo o algo así. Yo salí del coche gritando: —¡Tío, que así no se cura, que hay que esconderse!—. Al verme, mamá se dirigió a mí con la mano extendida diciéndome que me alejara justo en el instante en el que mi tío Manuel destrozaba el cráneo de papá de un solo golpe. El abrazo de mi madre no logró que la sangre me salpicara, pero sí consiguió taparme la visión para que no viese la cabeza de papá destrozada como una pieza de fruta. A partir de ahí solo escuchaba sirenas y personas de aquí para allá.

Finalmente me giré y vi a mi padre totalmente irreconocible en el suelo y rodeado de sangre. Entonces cerré los ojos con fuerza para no ver nada más. Así que eso es todo lo que vi señor agente. Y por favor, dejen sólo a mi tío para que se le muera el bicho malo que tiene dentro. Déjenlo en algún sitio sólo con un baño y verán como se cura. Mamá nunca miente señor agente, mamá nunca miente.

 

TRISTES PIEDRAS BLANCAS

—Venga grábalo. Ahora es el momento, está como hablando sólo. ¡Vamos, vamos!

El periodista carraspeó y se puso dentro del plano, detrás de unos altos juncos, sin tapar la imagen que se veía tras ellos.

—Aquí en el lecho del río vemos al hombre que despierta nuestra curiosidad. Un ermitaño que sobrevive en el monte sin contacto alguno con la civilización, es totalmente asombroso. No podemos acercarnos en exceso, en los alrededores se dice que es bastante hostil. Parece que murmura algo mientras se baña en un pequeño riachuelo, aunque no podemos entender lo que dice, está demasiado lejos.

‘Tristes piedras blancas
que sostienen el peso del agua,
desde el fondo brillan sus lágrimas
que más que lágrimas son nostalgias.
Tristes piedras blancas
que escupen sobre el tiempo
roído por las plagas.
Puñales de luz de lunas rajadas
que hacen del verde
grisáceas pantallas.
Tristes piedras blancas
que sostienen el peso del agua.’

—Parece balbucear palabras ininteligibles. Puede que incluso ya no utilice el lenguaje como lo entendemos nosotros. Puede que utilice un lenguaje propio para expresar sus pensamientos en voz alta. Un claro síntoma de lo que ha podido afectar la soledad extrema a la que se ha sometido.

El ermitaño salió del río totalmente desnudo. Su barba era larga y espesa al igual que su cabello, aunque en el resto del cuerpo no tenía excesivo vello. Su constitución era delgada, y del cuello le colgaba un collar hecho con piedrecitas de distintos colores. También llevaba dos pulseras hechas con raíces trenzadas, una en la muñeca derecha y otra en el tobillo izquierdo.

—Atención, parece que sale del río. Se ha agachado y está manipulando algo, aunque como está de espaldas no podemos ver bien lo que es. Si pudiésemos acercarnos algo más… Intentaremos hacerlo con sigilo… Ya se levanta. Parece… Sí, es una red. Parece que vamos a asistir a su ritual de pesca.

El hombre semidesnudo colocó la red en el fondo del río donde su anchura era menor y ató los extremos de la red a la vegetación que había a cada orilla, para después, con mucho sigilo, marcharse y perderse en la espesura.

—¡Se ha ido! Vamos hay que entrar en la cueva y grabar donde vive. Puede que haya objetos que podamos atribuir a la brujería o algo así. ¡Nos va a salir un reportaje cojonudo!

—Yo no sé si es buena idea —respondió el cámara—. ¿Y si vuelve antes de que salgamos?

—Venga, será rápido. Nos iremos en seguida. Va a ser un bombazo ya verás. Después de esto ya no tendremos que hacer más reportajes de mierda. Hazme caso, hay que arriesgar un poco.

Ambos reporteros se dirigieron a la cueva corriendo sigilosamente y se adentraron en ella.

***

Cuando el periodista abrió los ojos, algo se movía de un lado a otro dentro de su campo de visión. Aunque todavía lo captaba algo borroso. Se encontraba mareado, la cabeza le iba a estallar.

—¡Jorge tío, despierta! ¡La hemos cagado!

El susurro provenía de su derecha, y entonces comprendió. Estaban atados de pies y manos a una estalagmita enorme. El periodista miró a su compañero. De su cráneo manaba sangre que caía por su cuello. Frente a ellos estaba el misterioso sujeto al que venía a filmar, el protagonista de su reportaje, que se movía de derecha a izquierda pensativo e inquieto balbuceando sin cesar. Tras él, acertó a ver la cámara de vídeo ardiendo en una pequeña hoguera.

—Deja que nos vayamos.

—¿No entendéis nada verdad? ¡Los juncos están cabreados, los guijarros mueren de dolor y sus lágrimas cantan la nana de la pena negra! Pero vosotros no entendéis nada. ¡Estáis sordos, ciegos!

—Solo estábamos trabajando, no pretendíamos molestarte.

—¿Molestarme a mí? No solo me molestáis a mí. Mis pies están conectados al suelo como las raíces de un árbol. Y vosotros os sentís ajenos a la hierba que brota desnuda e indefensa. Mis pies son llanuras, pantanos y montañas, son rocío y son huesos, mis pies sois vosotros.

—Por favor, no nos haga daño… —El cámara comenzó a llorar desesperadamente, mientras el ermitaño jugueteaba lanzando sistemáticamente una piedra al aire con su mano derecha.

—¿Eso que sientes es miedo? ¿A caso sabes lo que significa el miedo? ¿A caso sabes lo que significa sentir algo que no esté dentro de vuestro círculo vital humano?

—Comprendemos su frustración. Lo sentimos de verdad. Ahora sabemos cómo se siente, y el daño que le ha podido causar nuestra intromisión. Le pedimos disculpas, pero déjenos ir, por favor.

Entonces la cara del ermitaño se colocó a escasos centímetros de la del emisor del mensaje.

—¿Sabes cómo me siento, dices? Mira, Rama Negra, yo me emociono cada vez que el sol resquebraja el horizonte. Me vuelvo mustio en otoño, perezoso en invierno y alegre en primavera. Yo pido perdón por cada vez que aplasté un insecto sin razón alguna, y siento estrujarse mis sesos contra el suelo frío al igual que los suyos. Yo noto el trasegar del agua desde la boca al estómago. Soy consciente de que robo vida de un pez para conservar la mía. A veces, me quedo horas inspirando y expirando aire solo porque me apasiona saber que cada suspiro puede ser el último. Lloro cuando la luna llena se refleja en el río, tiemblo de miedo cuando la tapan las nubes, y río a carcajadas cuando veo a dos cervatillos jugando. Y tú, Rama Negra, ¿cuánto tiempo hace que no sientes nada?

De repente el hombre extraño echó a correr hacía la hoguera, cogiendo un palo que ardía por el otro extremo dándose la vuelta con la cara desencajada.

—Vosotros sois como la ramita ardiendo que termina arrasando mil bosques, la faz rajada de la avaricia. Yo quise alejarme, y multiplicarme en verde, azul, marrón y blanco. Pero tuvisteis que venir a romper nuestra paz… Rompisteis la única paz que me ataba al mundo, rompisteis la paz que al mundo ataba, lo rompisteis todo. Una milésima parte de la culpa recae sobre vuestras inmaculadas espaldas. Y pagaréis, ya lo creo que pagaréis…

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3×1 (RELATO NAVIDEÑO)

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Era finales de diciembre y, siguiendo las instrucciones, entré en el restaurante y me senté estratégicamente en la mesa más cercana a la puerta de atrás (el establecimiento tenía una entrada principal justo en el lado opuesto). Se estaba calentito ahí dentro. La verdad es que el sitio era bueno, ¡qué digo bueno! Era espectacular. Hasta las camareras parecían haber salido de algún casting de modelos. Estaba todo decorado, muy navideño, con lucecitas y papá noéles colgados por todos sitios. ¡Definitivamente, era mi día de suerte!

Como era de esperar, comencé  a acaparar todas las miradas. Era temprano y solo había un par de mesas ocupadas a parte de la mía. Me dijeron que me pusiese la peor vestimenta que tuviese, y que no me excediese con la higiene. Llevo viviendo en la calle desde hace unos diez años, a lo mejor se piensan que en esta maleta con las ruedas rotas guardo un par de trajes de Armani… ¡Pues claro que no iba a ir de gala!

El plan consistía en intentar llamar la atención y comer lento para hacer tiempo. Esto último era lo más difícil, pues tenía un hambre atroz.

Como estaba previsto, cuando vino el camarero, le pedí la bebida y le dije que todavía no sabía qué iba a tomar, para poco después pedirle el menú del día, el más barato. Incluso tuve el honor de ser atendido por el dueño del lugar, aunque parecía tener más prisa por despacharme a mí que al resto de sus clientes.

Ya se comenzaba a ver más movimiento y, de repente, ahí estaban esos tres. Venían de traje, bien peinados y afeitados. Se sentaron al otro extremo del restaurante, en la mesa que se encuentra pegando a la entrada principal. No tardaron en comenzar a pedirse lo mejor que había en la carta, escogiendo incluso alguna sugerencia del cocinero, sin reparar en gastos.

Yo seguía comiendo muy lento, manchándome la cara y las manos, y dejando el mantel perdido. Cuando se me acabó la bebida pedí varios vasos de agua. Los tres individuos del fondo seguían poniéndose hasta arriba de beber y comer. Yo debía esperar y terminar más o menos a la vez que ellos. Estaba todo buenísimo. Seguía teniendo hambre, pero decidí pedirles que me pusieran para llevar el último plato.

La clave estaba en los postres. En cuanto ellos pidieron el postre yo me levanté de la mesa haciendo un ruido terrible con la silla. Todos los camareros, y en especial el dueño, me observaban atentamente, incluso el resto de clientes estaban deseando ver mi siguiente movimiento. Entonces introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un cigarro a medias y un mechero. Mi actitud era de normalidad, actuando como si nadie me observase, aunque la realidad fuese totalmente contraria. Me dirigí a la puerta con el cigarro en la boca, hasta que el dueño salió a mi encuentro.

– Señor, usted no ha pagado su cuenta.

– No le he pedido la cuenta aún. Es que me gusta fumarme un cigarro antes del postre.

– Pero usted debe abonar la cuenta antes de salir del restaurante. No se lo tome a mal, es que nos ha pasado varias veces…

-¿Es que cree que me iré si pagar? -grité, dando un paso hacia él con todo el mundo pendiente de la escena. -¡Bien, pues póngame el postre para llevar también y dígame qué se debe! ¡Esto es una vergüenza!

Me dirigí  a mi mesa y saqué del bolsillo del pantalón los 18,50 euros exactos que costaba el menú. Mientras el dueño cogía el dinero rápidamente, dándome mi flan casero en un vaso de plástico, se acercó un camarero por detrás.

-¡Jefe, jefe! Los de la mesa uno se han ido.

-¿Cómo que se han ido?

Alcé la vista y vi las tres sillas vacías al otro lado del establecimiento. Me di la vuelta y salí tranquilamente.

No volví a ver a aquellos tres granujas que me invitaron a un menú en aquel gran restaurante. A mí me gusta recordarlos como los tres reyes magos, y la verdad es que hacía mucho tiempo que nadie me regalaba nada, menos aún para estas fechas. A los pocos días me enteré de que habían dejado una nota en la mesa al irse: “El jamón un poco seco. Por lo demás, todo riquísimo. ¡Feliz Navidad!”

PALOS Y ASTILLAS

En el desván había un cofre antiguo grandísimo, de madera, con motivos florales en dorado ya dañados por los años. El problema era el candado. El ser humano es como es gracias a la conjunción entre curiosidad y prohibición. Mi madre siempre me dijo que la llave estaba perdida y que ese cofre debería de estar en el basurero, lo que yo siempre intuí como una manera sutil de pedirme que viviera como si el cofre no existiese. Pero mi condición humana hizo que la curiosidad creciese, haciéndose insoportable en los últimos años. Es como si el cofre me atrajese hacia él sin dejar que mi cerebro se ocupase de otra cosa. Llegué a obsesionarme con la idea de encontrar la llave, probando todas las que encontré por casa y por casa de familiares cercanos. Pero a veces la solución más sencilla se encuentra delante de nuestras narices, y por estar encabezonado en encontrar una llave, nunca vi la posibilidad de prescindir de ella, hasta que mi hermano perdió la llave del candado de su bicicleta y decidió romperlo con una cizalla. Lo que provocó que en una media hora tuviese yo el cofre abierto.

Al alzar la tapa parecía que el corazón se me iba a salir por la boca. Aunque mis expectativas se vieron mermadas por la austeridad del descubrimiento, pues en mi mente se había proyectado la ilusión de un cofre repleto de tesoros antiguos, pero en un primer vistazo solo encontré tres manuscritos viejos y un montón de bolígrafos gastados. Aunque al hacer un examen más a conciencia también pude ver un tarro con tinta roja seca y una pluma. En la primera página de los manuscritos solo se podía leer un nombre y unas fechas (supuse que se trataba del seudónimo del escritor y las fechas en las que redactó dichos manuscritos). Rápidamente los cogí y me dirigí a mi habitación.

Comencé a leer el primer tomo con la luz tenue del flexo proyectada desde el cabecero de la cama. Normalmente cojo el sueño leyendo, pero cuando me vine a dar cuenta, por las rendijas de la persiana ya se dejaba ver el lento fluir del sol. Me quedaban 7 páginas para terminar el primer manuscrito, pero tenía que marcharme al instituto, así que lo dejé bien escondido junto a los otros dos y salí del cuarto.

El caso es que ni durante el trayecto al instituto ni durante toda la mañana pude quitarme de la cabeza aquel perturbado personaje que protagonizaba este escrito número uno. Se trataba de una descripción tan cruda y fiel de los sentimientos de una persona que no me dejaba levantar la vista de los folios. Jamás había experimentado esta afinidad hacía un personaje de ficción. Necesitaba saber más.

Al llegar a casa fingí dolor de estómago y subí a mi cuarto a toda prisa, y sin probar bocado devoré las últimas páginas del primer tomo para empezar el segundo de inmediato.

El corazón se me iba a salir del pecho al comprobar que el protagonista, con el paso de las páginas, adquiría una actitud más violenta hacia sí mismo. Notaba como cada vez se iba centrando más en sus problemas internos, adquiriendo un tono de odio hacía su propio yo tremendamente intenso. Todo esto mezclado con pequeños episodios, digamos “psicóticos”, que se hacían más frecuentes, presentados como pequeñas pesadillas surrealistas llenas de monstruos y fantasmas descritos con todo tipo de detalles.

A veces escuchaba a mi madre tocar la puerta para preguntar si me encontraba bien. Esto me irritaba de una manera extrema, aunque yo solo contestaba que sí, sin dar a entender mi frustración para no preocuparla y así no extender demasiado las interrupciones.

Al rato noté que me empezaba a molestar la luz y cerré las persianas. Puse toallas en la rendija que quedaba en la parte inferior de la ventana y también debajo de la puerta, dejando como único foco la luz de la bombilla, a la que en las últimas horas veía como mi única compañía en este mundo. Me fui encerrando cada vez más en la lectura, saliendo de la habitación solo para ir al baño y para decirle a mamá que me encontraba mal y que me dejase descansar. Destrocé el reloj que había en mi mesita de noche, puesto que no podía soportar ese asqueroso y rutinario tic tac. Descuarticé pieza a pieza a ese bastardo, disfrutando profundamente el momento en el que doblaba sus manillas hasta quebrarlas finalmente. Ya no tenía concepción del tiempo, ni siquiera del espacio, gracias a que la oscuridad hizo que me olvidara de lo que había más allá de la penumbra, o puede que sencillamente no me interesara. Solo quería saber más sobre este peculiar personaje cuyo nombre no se rebelaba, y con el cual, empezaba a sentirme extrañamente identificado.

Una vez empecé el tercer manuscrito ya ni era consciente de estar leyendo. Palabra por palabra se me inyectaban en la sangre y las sentía tan mías como si fuese yo mismo quien pronunciase el discurso, ahora claramente suicida y difuso en su contenido, pues las paranoias se me aparecían como imágenes ante mis ojos a través del foco de oscuridad que me envolvía. Ya no diferenciaba bien la realidad de las visiones que me provocaba la lectura. De vez en cuando escuchaba golpes y gritos de alguien conocido, pero eran como ecos fugaces.

En este último escrito, la tinta cambiaba el color azul del bolígrafo normal por un color rojo sangre, que parecía estar realizado con el tintero y la pluma que encontré en el fondo del cofre. Además, el trazo de la caligrafía era ya difícil de descodificar debido al tembleque de la mano del autor. Tembleque que se citaba en el texto. El contenido parecía tornarse sumamente autobiográfico, pues, por momentos, se comenzaba a narrar en primera persona.

Los ojos se me inyectaban en sangre, los párpados me dolían de tanto abrirlos, y las uñas rasgaban las sábanas hasta llegar al colchón, que ya se deshilachaba de la presión. Mis glándulas sudoríparas trabajaban a fuego para producir el líquido que al deslizarse helaba mi piel; mi cuerpo, semidesnudo, trataba de contrarrestar los intensos escalofríos, que más que escalofríos parecían convulsiones; mis oídos se encontraban taponados, o quizá fuese sordera. El caso es que al leer se escuchaban tremendo golpes y gritos, pero muy alejados. Yo no prestaba atención, pues me faltaban escasas líneas para terminar la agonizante lectura. Escasas líneas que citaré textualmente:

Ya no me quedan fuerzas, ni sangre en las venas para alimentar esta pluma podrida e inmunda. Mis brazos ya no aguantan más agujeros ni heridas que goteen dentro del tintero. Se me acaba la tinta, y por lo tanto, se me acaba la vida. Por eso, en un último momento de lucidez, pido perdón a mi esposa por lo que estoy a punto de hacer. Estos escritos demuestran que mi tormento mental tritura toda esperanza de felicidad hacia ella y mis dos hijos, que están a punto de abrir sus ojos a este mundo hipócrita y maldito, que yo no pude soportar. Solo pido que mis vástagos no hereden ni un ápice de mi triturado cerebro, y si Dios existe, que lo sabré pronto, tendrá que pedirme perdón eternamente por no dejarme disfrutar convencionalmente de mi vida y de mis astillas, que ahora crecerán sin mí, en paz.

De repente se abrió la puerta y un foco de luz entró enturbiando mi vista. En ese instante volví a recuperar el oído, escuchando a mi madre gritando “¡Noo!” mientras lloraba desconsoladamente sin quitar la vista de los manuscritos y de mi estado semihipnótico. Mi hermano entró al cuarto encendiendo la luz. Los ojos me lloraban cercados por unas voluminosas ojeras, los extremos de mis manos sangraban y mis tembleques no dejaban de acosarme. Mi hermano ya no parecía mi gemelo. Se volvió hacia mi madre y luego hacia mí sin comprender. Entre sollozos y balbuceos acerté a comprender a mi madre diciendo: “¡Tenía que haber quemado esos malditos escritos, los tenía que haber quemado!”.

EL TESTAMENTO DE FRAN GÁLVEZ

“Bueno señores, son ustedes los dos únicos herederos directos que tenía el señor Gálvez. Tomen asiento por favor. Bien, les explico. Su padre dejó testamento y después de su fallecimiento me dispongo a leerles las palabras textuales, repito, textuales que dejó su padre. Insisto en el término palabras textuales porque el señor Gálvez dejó muy clara su voluntad de que les transmitiese su mensaje de esta manera, sin ningún tipo de alteración. Aunque si quieren puedo omitir algunas partes, o algún tipo de comentario, digamos, no correcto.”

“No, sabemos que papá se expresaba así, y si su voluntad era transmitirnos su testamento de esta manera que así sea”, dijo el hombre que se sentaba enfrente mientras cruzaba su pierna derecha por encima de la izquierda.

“Bien, sin más dilación, el escrito dice lo siguiente:

Testamento. En Sevilla a las trece horas y cincuenta y cinco minutos del día doce de Junio del año dos mil once. Ante mí, Raúl Roldán, Notario de Madrid, comparece don Francisco Gálvez, mayor de edad, viudo, con DNI 341614627-H, manifiesta haber nacido el 30 de Febrero de 1936, quien manifiesta haber estado casado con doña Isabel de la Cerda, de cuyo matrimonio tiene dos hijos llamados doña Esperanza y don Mariano.

Tiene, a mi juicio,  la capacidad legal necesaria para otorgar testamento, que redacto yo, el Notario, de conformidad con las instrucciones de don Francisco:

Queridos hijos, ya os imagino ahí sentados delante del señor Raúl, nerviosos por saber mi decisión final, pues como ya os dije en diversas ocasiones, no repartiría mi fortuna ni mi hogar, sino que todos los bienes tendrían un único destinatario, un único heredero. Y desde que tomé esta decisión han sido varias las ocasiones en las que me habéis intentado sacar del asilo forcejeando por cuidar mi bienestar al máximo. Pero después de llevar aquí casi quince años, pues le he cogido cariño al sitio, no os lo toméis a mal. Sé que habéis tenido alguna riña que otra y que por diversas razones, pues no habéis tenido tiempo de arreglar lo vuestro y lleváis como una década sin hablaros. Me siento algo culpable de la situación, pues sé que llegó a vuestros oídos que tenía en mi poder una gran fortuna que dejaría en herencia a uno solo de mis hijos.

Pues bien, para arreglar las cosas y no irme a la tumba con remordimientos, he decidido en el último instante, repartir mi gran tesoro entre mis dos hijos, que tanto se han preocupado de mi bienestar en mis últimos años de vida. Con todo el amor del mundo os dejo mi colección de botellas de agua mineral, todas ellas en sus respectivas cajas y ordenadas por fecha de consumición, a partes totalmente igualitarias. Son trece años de recopilar botellas de agua que Tristán, el de mantenimiento, me pasaba rellenas de anís, a un coste muy elevado, por cierto. Razón por la que deseo que ese hijo de la gran puta muera lo antes posible agonizando durante días. Ojalá le entrase el mismo dolor que os está entrando a vosotros al saber que no tengo un puto duro. Que muriera, por abusar de un anciano con necesidades alcohólicas moderadas, el muy asqueroso, que no sabe ni poner una bombilla, el puto gordo ese.

“Esto debe de ser una broma”, dijo Esperanza, hincando sus uñas en el reposabrazos de su sillón. Mariano tenía los ojos abiertos de par en par, con la mirada perdida en algún punto del suelo, sin poder mediar palabra.

“Me temo que no, señorita. Y si me permiten, continúo:

Pero tranquilos, todavía queda por saber a quién le dejo mi casa. El hogar que tanto esfuerzo me ha costado mantener. Una casa que es historia viva de la familia Gálvez, pues mi abuelo se la dejó a mi padre y él a mí. Y como ya sabéis, pues sé que os gusta informaros bien de las cosas, el inmueble tiene un valor altísimo en el mercado inmobiliario. Y para que veáis que me sobra bondad, le dejo en herencia mi casa a Gustavo Trigueros, compañero de fatigas del asilo. Ese cabrón chiflado me ha hecho pasar muy buenos ratos. El pobre tiene no sé qué historia en la sesera. Un día se intentó lavar los dientes con la escobilla del váter, y la verdad que tiene una buena caja de dientes… estuvimos tres días seguidos él escupiendo mierda y yo riéndome. Otro día me contó que de joven lo atropelló una máquina de coser de esas antiguas. También que le dolía la pierna porque una mañana se le olvidó quitarse el cinturón de seguridad y se echó el coche encima. ¡Ah! y lo del chaleco… se ponía un chaleco antibalas para cortar el pan porque decía que una vez se cortó el pecho y la parte de atrás de la silla.

Por todo esto decidí dejarle mi casa, no sin antes darle la estricta consigna de meterle fuego en cuanto la pisase. Cosa que le llevo repitiendo casi diez años, unas veinte veces al día, lo que ha convertido al bueno de Gustavo, pienso que por insistencia, en una especie de proyecto de pirómano, pues conseguí que esta idea de quemar su casa permaneciese chocando en las paredes de su corteza craneal como en la pantalla del cacharro ese con muchas teclas con el que el señor Raúl está transcribiendo todo lo que digo, y que os ha convertido a todos en una panda de gilipollas.”

“Creo que he oído suficiente”, gritó Esperanza levantándose y colocándose el bolso en el hombro.

“Señorita, todavía no he terminado, tome asiento.”

“¡Siéntate y deja de lloriquear, todo esto es culpa tuya!”

“Señores, señores, dejen las disputas para luego. Si tienen algún asunto legal que arreglar entre ustedes estoy a su entera disposición, pero terminemos con esto. Prosigo:

Dicho esto, queda repartida mi gran fortuna. Pero antes de despedirme, puesto que ahora mismo los gusanos estarán llegando al hueso les haré una confesión: vuestra santa madre, que ojalá esté ardiendo en el infierno por los siglos de los siglos, he de decir que, a la muy zorra, no se le daba nada mal hacer honor a su primer apellido. Así que os diré que es bastante probable que no seáis hijos míos. Cosa que ni me molesté en comprobar porque tenéis toda la cara de gilipollas del jefe que tenía vuestra santa madre en aquella oficina de mierda en la que trabajó durante algún tiempo. El mismo tonto de los cojones que se pasaba todos los fines de mes por el bar para pagar mi cuenta con el fin de que yo no le dijera a su mujer el par de bastardos que tenía por ahí. Si, la misma cuenta del bar que tanto os preocupaba, ya que pensabais que era mi gran fortuna la que pagaba mis tragos de aguardiente y de güisqui de reserva. Causa directa por la que me metisteis en un puto asilo esperando que no gastase la fortuna que creíais que ibais a heredar cuando muriese. Bien, pues el esperado momento ha llegado.

Y ya por fin, con la segunda satisfacción más grande de mi vida, después de que España ganase el mundial, me despido. A escasos centímetros bajo tierra, que os den mucho por el culo.

Firmado: Fran Gálvez.