GARABATOS

Hoy alimento mi entrecejo

entre letras y tinta impresa.

Camino entre poetas e ilustres mentes.

Vivo con la esperanza

de que se me pegue algo,

aunque sea un traspiés de ellos.

Pero como ni siquiera me acuerdo

de lo que comí ayer,

subrayo sus palabras

esperando que algún día

me dé por abrir sus pechos de nuevo

y preguntarme

quién coño ha llenado

mi libro de garabatos.

3×1 (RELATO NAVIDEÑO)

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Era finales de diciembre y, siguiendo las instrucciones, entré en el restaurante y me senté estratégicamente en la mesa más cercana a la puerta de atrás (el establecimiento tenía una entrada principal justo en el lado opuesto). Se estaba calentito ahí dentro. La verdad es que el sitio era bueno, ¡qué digo bueno! Era espectacular. Hasta las camareras parecían haber salido de algún casting de modelos. Estaba todo decorado, muy navideño, con lucecitas y papá noéles colgados por todos sitios. ¡Definitivamente, era mi día de suerte!

Como era de esperar, comencé  a acaparar todas las miradas. Era temprano y solo había un par de mesas ocupadas a parte de la mía. Me dijeron que me pusiese la peor vestimenta que tuviese, y que no me excediese con la higiene. Llevo viviendo en la calle desde hace unos diez años, a lo mejor se piensan que en esta maleta con las ruedas rotas guardo un par de trajes de Armani… ¡Pues claro que no iba a ir de gala!

El plan consistía en intentar llamar la atención y comer lento para hacer tiempo. Esto último era lo más difícil, pues tenía un hambre atroz.

Como estaba previsto, cuando vino el camarero, le pedí la bebida y le dije que todavía no sabía qué iba a tomar, para poco después pedirle el menú del día, el más barato. Incluso tuve el honor de ser atendido por el dueño del lugar, aunque parecía tener más prisa por despacharme a mí que al resto de sus clientes.

Ya se comenzaba a ver más movimiento y, de repente, ahí estaban esos tres. Venían de traje, bien peinados y afeitados. Se sentaron al otro extremo del restaurante, en la mesa que se encuentra pegando a la entrada principal. No tardaron en comenzar a pedirse lo mejor que había en la carta, escogiendo incluso alguna sugerencia del cocinero, sin reparar en gastos.

Yo seguía comiendo muy lento, manchándome la cara y las manos, y dejando el mantel perdido. Cuando se me acabó la bebida pedí varios vasos de agua. Los tres individuos del fondo seguían poniéndose hasta arriba de beber y comer. Yo debía esperar y terminar más o menos a la vez que ellos. Estaba todo buenísimo. Seguía teniendo hambre, pero decidí pedirles que me pusieran para llevar el último plato.

La clave estaba en los postres. En cuanto ellos pidieron el postre yo me levanté de la mesa haciendo un ruido terrible con la silla. Todos los camareros, y en especial el dueño, me observaban atentamente, incluso el resto de clientes estaban deseando ver mi siguiente movimiento. Entonces introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un cigarro a medias y un mechero. Mi actitud era de normalidad, actuando como si nadie me observase, aunque la realidad fuese totalmente contraria. Me dirigí a la puerta con el cigarro en la boca, hasta que el dueño salió a mi encuentro.

– Señor, usted no ha pagado su cuenta.

– No le he pedido la cuenta aún. Es que me gusta fumarme un cigarro antes del postre.

– Pero usted debe abonar la cuenta antes de salir del restaurante. No se lo tome a mal, es que nos ha pasado varias veces…

-¿Es que cree que me iré si pagar? -grité, dando un paso hacia él con todo el mundo pendiente de la escena. -¡Bien, pues póngame el postre para llevar también y dígame qué se debe! ¡Esto es una vergüenza!

Me dirigí  a mi mesa y saqué del bolsillo del pantalón los 18,50 euros exactos que costaba el menú. Mientras el dueño cogía el dinero rápidamente, dándome mi flan casero en un vaso de plástico, se acercó un camarero por detrás.

-¡Jefe, jefe! Los de la mesa uno se han ido.

-¿Cómo que se han ido?

Alcé la vista y vi las tres sillas vacías al otro lado del establecimiento. Me di la vuelta y salí tranquilamente.

No volví a ver a aquellos tres granujas que me invitaron a un menú en aquel gran restaurante. A mí me gusta recordarlos como los tres reyes magos, y la verdad es que hacía mucho tiempo que nadie me regalaba nada, menos aún para estas fechas. A los pocos días me enteré de que habían dejado una nota en la mesa al irse: “El jamón un poco seco. Por lo demás, todo riquísimo. ¡Feliz Navidad!”

HORMIGAS

Siempre me persiguieron

los susurros incesantes

de las sombrías hormigas,

mascullando en mi cerebro

ideas que siempre me hicieron

perder el tiempo.

Mi semblante siempre

fue huidizo,

asustadizo incluso,

pero el cascarón

que envolvía mi alma

sigue en pie todavía,

protegiendo mi débil corazón

que pende de un hilo,

astillado, pero firme.

“Dejadme en paz”, les dije,

mientras seguían mascando

mi frágil cajilla de sueños.

“Sé perfectamente lo que quiero”,

aunque me sujetéis

con vuestras gigantescas

cadenas invisibles.

“Sé perfectamente lo que quiero”,

aunque yo mismo fuera

quien dejó escapar su sombra

entre los arbustos

para atarse fuertemente al miedo,

del que intento despojarme

sangrando a mares,

buscando una salida

dentro del laberinto

de mi propia estupidez.

Y os culpo a vosotras

malolientes hormigas,

pues escucho vuestras burlas

aún sin haberos pronunciado.

Pero he entendido

que no debo preocuparme,

pues solo balbuceáis miseria

que mana de las insulsas

vidas que os acorralan

hasta asfixiaros

y dejaros sin tiempo.

Sí, tiempo, escucháis bien,

ese oro transparente

que os exprimen

a cambio de menos oro

y más asfixia.

Yo, simplemente,

pienso distinto.

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JARRY EL SUCIO

“Solo tengo que apretar muy fuerte para cagarme encima.”

“¿Pero qué mierda de idea es esa?” respondió Bill.

Y Jarry se apretó con tanta fuerza que se le puso el rostro morado. Parecía que iba a explotar en cualquier momento.

“¿Se ahogará?” le preguntó un policía al otro.

“Este tío está fatal.”

“Oiga señor, para cagarse encima no hace falta que deje de respirar.”

Pero Jarry seguía insistiendo en su intento de salir airoso de aquella situación.

“Tío, Jarry, solo es una multita de nada, me estas asustando,” dijo Bill tocándole el hombro a su amigo con todo el tacto del que disponía.

De repente se oyó un estruendo grandísimo, la Tierra se inundó de color ocre, bastante marrón. La vegetación se secó en un instante, como si hubiese sido fulminada por las llamas. La pura imagen del infierno se presentó a las puertas de la humanidad y entró sin llamar. El aire era espeso, más que el humo, era como neblina amarillenta y grisácea.

“¡Me cago en su puta madre, está podrido!” soltó el policía más alto, mientras se tapaba el rostro con las manos.

“Voy a vomitar,” añadió el otro madero, más veterano (calvo y con bigote), dándose media vuelta y poniendo su tronco en ángulo recto con sus piernas. Su mano derecha se adhería a su boca mientras una tremenda arcada le llegaba desde el estómago a la garganta. “Hay que detenerlo,” acertó a decir casi sin poder girar el cuello para mirar.

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“Se ha cagado encima. Al coche no lo meto.”

“Ponle la multa aunque sea.”

“Parece que no aprenderéis nunca…” dijo Jarry. Entonces cerró los ojos con fuerza justo después de absorber todo el aire que le cogía en los pulmones.

“Tío, en serio, esto no mola,” soltó Bill mientras ponía su mano entre él y su amigo, como si se tratase de una barrera imaginaria. “¡Estamos en un parque. Ahí hay una madre que corre con su pobre niño en brazos huyendo de la puta bomba nuclear que acabas de soltar!”

A Jarry le temblaban las piernas de una manera altamente preocupante, al igual que los brazos, que acababan con los puños apretados. Sus dientes se comprimían entre sí fuertemente y de su frente manaban un sin fin de gotas de sudor, formando en conjunto un rostro más colorado que la cresta de una pava.

“¡Boooom!”

Otro cataclismo apoteósico secó el aliento de todo ser vivo a menos de doscientos metros a la redonda.

“¡Arreste a ese loco!” acertó a decir el poli calvo.

“¿Cómo? ¿Que he cagado poco?” respondió Jarry dando un paso al frente hacía los agentes, que luchaban contra su propio organismo por no vomitar.

“¡No, no! De acuerdo, vámonos. No nos pagan lo suficiente como para aguantar esto. Es insoportable, ¡está loco!”

Los dos agentes de policía salieron andando a paso bien ligero en dirección contraria, uno junto al otro echando la vista atrás. Dejando tras de sí un fondo anaranjado con humo, y delante, dos figuras: una jadeando por el esfuerzo, y la otra, con una rodilla en el suelo y la cabeza apoyada en el brazo, luchando por sobrevivir.

“Es infalible.”

Bill levantó la vista, enrojecida y húmeda hacia su amigo. “Te juro por Dios que si vuelves a hacer eso yo mismo cogeré la porra del madero y te partiré las putas piernas,” acertó a decir, mientras se incorporaba y se marchaba con angustia en el rostro, dejando tras de sí la sonrisa satisfecha y pícara de Jarry.

PALOS Y ASTILLAS

En el desván había un cofre antiguo grandísimo, de madera, con motivos florales en dorado ya dañados por los años. El problema era el candado. El ser humano es como es gracias a la conjunción entre curiosidad y prohibición. Mi madre siempre me dijo que la llave estaba perdida y que ese cofre debería de estar en el basurero, lo que yo siempre intuí como una manera sutil de pedirme que viviera como si el cofre no existiese. Pero mi condición humana hizo que la curiosidad creciese, haciéndose insoportable en los últimos años. Es como si el cofre me atrajese hacia él sin dejar que mi cerebro se ocupase de otra cosa. Llegué a obsesionarme con la idea de encontrar la llave, probando todas las que encontré por casa y por casa de familiares cercanos. Pero a veces la solución más sencilla se encuentra delante de nuestras narices, y por estar encabezonado en encontrar una llave, nunca vi la posibilidad de prescindir de ella, hasta que mi hermano perdió la llave del candado de su bicicleta y decidió romperlo con una cizalla. Lo que provocó que en una media hora tuviese yo el cofre abierto.

Al alzar la tapa parecía que el corazón se me iba a salir por la boca. Aunque mis expectativas se vieron mermadas por la austeridad del descubrimiento, pues en mi mente se había proyectado la ilusión de un cofre repleto de tesoros antiguos, pero en un primer vistazo solo encontré tres manuscritos viejos y un montón de bolígrafos gastados. Aunque al hacer un examen más a conciencia también pude ver un tarro con tinta roja seca y una pluma. En la primera página de los manuscritos solo se podía leer un nombre y unas fechas (supuse que se trataba del seudónimo del escritor y las fechas en las que redactó dichos manuscritos). Rápidamente los cogí y me dirigí a mi habitación.

Comencé a leer el primer tomo con la luz tenue del flexo proyectada desde el cabecero de la cama. Normalmente cojo el sueño leyendo, pero cuando me vine a dar cuenta, por las rendijas de la persiana ya se dejaba ver el lento fluir del sol. Me quedaban 7 páginas para terminar el primer manuscrito, pero tenía que marcharme al instituto, así que lo dejé bien escondido junto a los otros dos y salí del cuarto.

El caso es que ni durante el trayecto al instituto ni durante toda la mañana pude quitarme de la cabeza aquel perturbado personaje que protagonizaba este escrito número uno. Se trataba de una descripción tan cruda y fiel de los sentimientos de una persona que no me dejaba levantar la vista de los folios. Jamás había experimentado esta afinidad hacía un personaje de ficción. Necesitaba saber más.

Al llegar a casa fingí dolor de estómago y subí a mi cuarto a toda prisa, y sin probar bocado devoré las últimas páginas del primer tomo para empezar el segundo de inmediato.

El corazón se me iba a salir del pecho al comprobar que el protagonista, con el paso de las páginas, adquiría una actitud más violenta hacia sí mismo. Notaba como cada vez se iba centrando más en sus problemas internos, adquiriendo un tono de odio hacía su propio yo tremendamente intenso. Todo esto mezclado con pequeños episodios, digamos “psicóticos”, que se hacían más frecuentes, presentados como pequeñas pesadillas surrealistas llenas de monstruos y fantasmas descritos con todo tipo de detalles.

A veces escuchaba a mi madre tocar la puerta para preguntar si me encontraba bien. Esto me irritaba de una manera extrema, aunque yo solo contestaba que sí, sin dar a entender mi frustración para no preocuparla y así no extender demasiado las interrupciones.

Al rato noté que me empezaba a molestar la luz y cerré las persianas. Puse toallas en la rendija que quedaba en la parte inferior de la ventana y también debajo de la puerta, dejando como único foco la luz de la bombilla, a la que en las últimas horas veía como mi única compañía en este mundo. Me fui encerrando cada vez más en la lectura, saliendo de la habitación solo para ir al baño y para decirle a mamá que me encontraba mal y que me dejase descansar. Destrocé el reloj que había en mi mesita de noche, puesto que no podía soportar ese asqueroso y rutinario tic tac. Descuarticé pieza a pieza a ese bastardo, disfrutando profundamente el momento en el que doblaba sus manillas hasta quebrarlas finalmente. Ya no tenía concepción del tiempo, ni siquiera del espacio, gracias a que la oscuridad hizo que me olvidara de lo que había más allá de la penumbra, o puede que sencillamente no me interesara. Solo quería saber más sobre este peculiar personaje cuyo nombre no se rebelaba, y con el cual, empezaba a sentirme extrañamente identificado.

Una vez empecé el tercer manuscrito ya ni era consciente de estar leyendo. Palabra por palabra se me inyectaban en la sangre y las sentía tan mías como si fuese yo mismo quien pronunciase el discurso, ahora claramente suicida y difuso en su contenido, pues las paranoias se me aparecían como imágenes ante mis ojos a través del foco de oscuridad que me envolvía. Ya no diferenciaba bien la realidad de las visiones que me provocaba la lectura. De vez en cuando escuchaba golpes y gritos de alguien conocido, pero eran como ecos fugaces.

En este último escrito, la tinta cambiaba el color azul del bolígrafo normal por un color rojo sangre, que parecía estar realizado con el tintero y la pluma que encontré en el fondo del cofre. Además, el trazo de la caligrafía era ya difícil de descodificar debido al tembleque de la mano del autor. Tembleque que se citaba en el texto. El contenido parecía tornarse sumamente autobiográfico, pues, por momentos, se comenzaba a narrar en primera persona.

Los ojos se me inyectaban en sangre, los párpados me dolían de tanto abrirlos, y las uñas rasgaban las sábanas hasta llegar al colchón, que ya se deshilachaba de la presión. Mis glándulas sudoríparas trabajaban a fuego para producir el líquido que al deslizarse helaba mi piel; mi cuerpo, semidesnudo, trataba de contrarrestar los intensos escalofríos, que más que escalofríos parecían convulsiones; mis oídos se encontraban taponados, o quizá fuese sordera. El caso es que al leer se escuchaban tremendo golpes y gritos, pero muy alejados. Yo no prestaba atención, pues me faltaban escasas líneas para terminar la agonizante lectura. Escasas líneas que citaré textualmente:

Ya no me quedan fuerzas, ni sangre en las venas para alimentar esta pluma podrida e inmunda. Mis brazos ya no aguantan más agujeros ni heridas que goteen dentro del tintero. Se me acaba la tinta, y por lo tanto, se me acaba la vida. Por eso, en un último momento de lucidez, pido perdón a mi esposa por lo que estoy a punto de hacer. Estos escritos demuestran que mi tormento mental tritura toda esperanza de felicidad hacia ella y mis dos hijos, que están a punto de abrir sus ojos a este mundo hipócrita y maldito, que yo no pude soportar. Solo pido que mis vástagos no hereden ni un ápice de mi triturado cerebro, y si Dios existe, que lo sabré pronto, tendrá que pedirme perdón eternamente por no dejarme disfrutar convencionalmente de mi vida y de mis astillas, que ahora crecerán sin mí, en paz.

De repente se abrió la puerta y un foco de luz entró enturbiando mi vista. En ese instante volví a recuperar el oído, escuchando a mi madre gritando “¡Noo!” mientras lloraba desconsoladamente sin quitar la vista de los manuscritos y de mi estado semihipnótico. Mi hermano entró al cuarto encendiendo la luz. Los ojos me lloraban cercados por unas voluminosas ojeras, los extremos de mis manos sangraban y mis tembleques no dejaban de acosarme. Mi hermano ya no parecía mi gemelo. Se volvió hacia mi madre y luego hacia mí sin comprender. Entre sollozos y balbuceos acerté a comprender a mi madre diciendo: “¡Tenía que haber quemado esos malditos escritos, los tenía que haber quemado!”.

EL TESTAMENTO DE FRAN GÁLVEZ

“Bueno señores, son ustedes los dos únicos herederos directos que tenía el señor Gálvez. Tomen asiento por favor. Bien, les explico. Su padre dejó testamento y después de su fallecimiento me dispongo a leerles las palabras textuales, repito, textuales que dejó su padre. Insisto en el término palabras textuales porque el señor Gálvez dejó muy clara su voluntad de que les transmitiese su mensaje de esta manera, sin ningún tipo de alteración. Aunque si quieren puedo omitir algunas partes, o algún tipo de comentario, digamos, no correcto.”

“No, sabemos que papá se expresaba así, y si su voluntad era transmitirnos su testamento de esta manera que así sea”, dijo el hombre que se sentaba enfrente mientras cruzaba su pierna derecha por encima de la izquierda.

“Bien, sin más dilación, el escrito dice lo siguiente:

Testamento. En Sevilla a las trece horas y cincuenta y cinco minutos del día doce de Junio del año dos mil once. Ante mí, Raúl Roldán, Notario de Madrid, comparece don Francisco Gálvez, mayor de edad, viudo, con DNI 341614627-H, manifiesta haber nacido el 30 de Febrero de 1936, quien manifiesta haber estado casado con doña Isabel de la Cerda, de cuyo matrimonio tiene dos hijos llamados doña Esperanza y don Mariano.

Tiene, a mi juicio,  la capacidad legal necesaria para otorgar testamento, que redacto yo, el Notario, de conformidad con las instrucciones de don Francisco:

Queridos hijos, ya os imagino ahí sentados delante del señor Raúl, nerviosos por saber mi decisión final, pues como ya os dije en diversas ocasiones, no repartiría mi fortuna ni mi hogar, sino que todos los bienes tendrían un único destinatario, un único heredero. Y desde que tomé esta decisión han sido varias las ocasiones en las que me habéis intentado sacar del asilo forcejeando por cuidar mi bienestar al máximo. Pero después de llevar aquí casi quince años, pues le he cogido cariño al sitio, no os lo toméis a mal. Sé que habéis tenido alguna riña que otra y que por diversas razones, pues no habéis tenido tiempo de arreglar lo vuestro y lleváis como una década sin hablaros. Me siento algo culpable de la situación, pues sé que llegó a vuestros oídos que tenía en mi poder una gran fortuna que dejaría en herencia a uno solo de mis hijos.

Pues bien, para arreglar las cosas y no irme a la tumba con remordimientos, he decidido en el último instante, repartir mi gran tesoro entre mis dos hijos, que tanto se han preocupado de mi bienestar en mis últimos años de vida. Con todo el amor del mundo os dejo mi colección de botellas de agua mineral, todas ellas en sus respectivas cajas y ordenadas por fecha de consumición, a partes totalmente igualitarias. Son trece años de recopilar botellas de agua que Tristán, el de mantenimiento, me pasaba rellenas de anís, a un coste muy elevado, por cierto. Razón por la que deseo que ese hijo de la gran puta muera lo antes posible agonizando durante días. Ojalá le entrase el mismo dolor que os está entrando a vosotros al saber que no tengo un puto duro. Que muriera, por abusar de un anciano con necesidades alcohólicas moderadas, el muy asqueroso, que no sabe ni poner una bombilla, el puto gordo ese.

“Esto debe de ser una broma”, dijo Esperanza, hincando sus uñas en el reposabrazos de su sillón. Mariano tenía los ojos abiertos de par en par, con la mirada perdida en algún punto del suelo, sin poder mediar palabra.

“Me temo que no, señorita. Y si me permiten, continúo:

Pero tranquilos, todavía queda por saber a quién le dejo mi casa. El hogar que tanto esfuerzo me ha costado mantener. Una casa que es historia viva de la familia Gálvez, pues mi abuelo se la dejó a mi padre y él a mí. Y como ya sabéis, pues sé que os gusta informaros bien de las cosas, el inmueble tiene un valor altísimo en el mercado inmobiliario. Y para que veáis que me sobra bondad, le dejo en herencia mi casa a Gustavo Trigueros, compañero de fatigas del asilo. Ese cabrón chiflado me ha hecho pasar muy buenos ratos. El pobre tiene no sé qué historia en la sesera. Un día se intentó lavar los dientes con la escobilla del váter, y la verdad que tiene una buena caja de dientes… estuvimos tres días seguidos él escupiendo mierda y yo riéndome. Otro día me contó que de joven lo atropelló una máquina de coser de esas antiguas. También que le dolía la pierna porque una mañana se le olvidó quitarse el cinturón de seguridad y se echó el coche encima. ¡Ah! y lo del chaleco… se ponía un chaleco antibalas para cortar el pan porque decía que una vez se cortó el pecho y la parte de atrás de la silla.

Por todo esto decidí dejarle mi casa, no sin antes darle la estricta consigna de meterle fuego en cuanto la pisase. Cosa que le llevo repitiendo casi diez años, unas veinte veces al día, lo que ha convertido al bueno de Gustavo, pienso que por insistencia, en una especie de proyecto de pirómano, pues conseguí que esta idea de quemar su casa permaneciese chocando en las paredes de su corteza craneal como en la pantalla del cacharro ese con muchas teclas con el que el señor Raúl está transcribiendo todo lo que digo, y que os ha convertido a todos en una panda de gilipollas.”

“Creo que he oído suficiente”, gritó Esperanza levantándose y colocándose el bolso en el hombro.

“Señorita, todavía no he terminado, tome asiento.”

“¡Siéntate y deja de lloriquear, todo esto es culpa tuya!”

“Señores, señores, dejen las disputas para luego. Si tienen algún asunto legal que arreglar entre ustedes estoy a su entera disposición, pero terminemos con esto. Prosigo:

Dicho esto, queda repartida mi gran fortuna. Pero antes de despedirme, puesto que ahora mismo los gusanos estarán llegando al hueso les haré una confesión: vuestra santa madre, que ojalá esté ardiendo en el infierno por los siglos de los siglos, he de decir que, a la muy zorra, no se le daba nada mal hacer honor a su primer apellido. Así que os diré que es bastante probable que no seáis hijos míos. Cosa que ni me molesté en comprobar porque tenéis toda la cara de gilipollas del jefe que tenía vuestra santa madre en aquella oficina de mierda en la que trabajó durante algún tiempo. El mismo tonto de los cojones que se pasaba todos los fines de mes por el bar para pagar mi cuenta con el fin de que yo no le dijera a su mujer el par de bastardos que tenía por ahí. Si, la misma cuenta del bar que tanto os preocupaba, ya que pensabais que era mi gran fortuna la que pagaba mis tragos de aguardiente y de güisqui de reserva. Causa directa por la que me metisteis en un puto asilo esperando que no gastase la fortuna que creíais que ibais a heredar cuando muriese. Bien, pues el esperado momento ha llegado.

Y ya por fin, con la segunda satisfacción más grande de mi vida, después de que España ganase el mundial, me despido. A escasos centímetros bajo tierra, que os den mucho por el culo.

Firmado: Fran Gálvez.

LA CUEVA ADHERENTE

Entré en la cueva. Me hormigueaban los pies. Las gotas de agua se dejaban caer hacia el suelo con violencia, provocando un eco insoportable. Seguí caminando. Las paredes se empezaban a estrechar a mis costados. Mi respiración se entremezclaba con el silencio, y a su vez con ruidos procedentes de insectos y pequeñas criaturas agitando sus alas.

A través de un pequeño hueco vi una luz. Me asomé, pero no podía atravesarlo, era demasiado estrecho. Entonces noté un escalofrío e intenté volver sobre mis pasos, pero las paredes rozaban con mis hombros. Algo que no alcanzaba a comprender me impedía darme la vuelta. Solo podía avanzar, lo que me hizo sentir un miedo terrible. Agarré una gran piedra del suelo y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para acceder a la galería que se veía al otro lado. Y tal era mi ansiedad que de un solo golpe se abrió un boquete lo suficientemente grande.

Accedí rápidamente, temblando e hiperventilando por el terror que se agarraba con fuerza a mi pecho.

Una vez dentro miré a mi alrededor, pero todo estaba inundado de una espesa niebla blanquecina que apenas me dejaba respirar. La luz procedía de la parte superior de la galería. Avancé unos pasos y de repente me sobresaltó una figura humana enroscada en sí misma, con ambos brazos rodeando y abrazando sus propias rodillas, sentado y con la espalda apoyada en la pared.

Pasé unos instantes sin poder moverme, hasta que logré acercarme. Era un anciano ensimismado, recitando extraños poemas sin sentido y casi imperceptibles desde esa distancia. No se percató de mi presencia hasta que estaba a menos de un par de metros de él. Levantó la vista muy tranquilamente y dijo “¿qué haces aquí?”. Seguidamente preguntó mirándome fijamente el pecho “¿qué llevas ahí? Parece que ya te han acribillado a balazos. Bien, es la única forma de aprender, aunque yo te aconsejo que desaprendas, lo hace todo más fácil”. Hizo una pausa y continuó, esta vez levantando más la voz “Maldito iluso, ¿Qué coño has venido a buscar? ¡Vete de aquí de una puta vez!”. Inclinó la cabeza hacia el suelo y comenzó a agitarla. Parecía muy perturbado. Me fijé, y sus extremidades inferiores se fundían con el suelo como las raíces de los árboles, y su espalda también estaba unida al muro de piedra. ¡Estaba unido a la tierra y a la roca!

“Tus pies están unidos al suelo, son como raíces, ¡estás pegado a la tierra!”

Levantó la vista frunciendo el ceño, “¿y qué te hace pensar que no soy tierra, o que no soy vegetal o que no soy agua?”

Le miré a los ojos y éstos empezaron a derretirse junto a su cara, hasta que sus fracciones me parecieron irreconocibles. Hasta que en cuestión de segundos quedó reducido a un charco de líquido turbio de color ocre. No me dio tiempo a pensar sobre lo sucedido, cuando de repente una sombra tapó la luz que procedía de arriba por un instante, y se escuchó un tremendo golpe en el suelo. Me di la vuelta y ¡allí estaba! Era el anciano tirado en el suelo como un trapo, inerte. Seguidamente cayó otro cuerpo encima del anterior y otro después. Era el mismo anciano en todas las ocasiones. Cayeron hasta un total de siete cuerpos, todos idénticos. Entonces se escuchó un estruendo, un trueno que parecía proceder del mismísimo infierno.

“¿Cuántas veces tienes que morir para darte cuenta de que estas vivo?” Era una voz rígida e inerte, como la del anciano pero multiplicada por mil, y no sabía exactamente de dónde procedía. Parecía venir de todas direcciones.

Me arrodillé en el suelo con las manos en la nuca y grité “¡No sé qué quieres de mí!” Entonces noté un aliento en mi nuca. Era cálido y me resultaba familiar, pero me puso los bellos de punta. Di un salto hacia delante girándome y gateando hacia atrás, y vi ante mí la cara del anciano con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir de sus órbitas. Solo estaba la cara, no había cuerpo, y flotaba en el aire como si fuera gas, incluso se transparentaba y se difuminaban sus rasgos.

“¿De verdad no te reconoces a ti mismo? No soy más que un aviso, una simple advertencia para que comprendas lo triste que puede llegar a ser tu propia existencia. Soy un trozo de ti. Soy la parte sucia y podrida de tu alma, el veneno que todo ser humano lleva dentro. ¿Te asusta verdad? ¡No hay nada más desconcertante y a la vez más necesario que asustarse de uno mismo!”

Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí me encontraba con una gran piedra en la mano, encajado entre dos paredes estrechas y con un hueco enfrente de mí, demasiado estrecho como para atravesarlo. Salía de él una luz cegadora. Me asomé y vi a un anciano con barba y muy delgado sentado y apoyado en la pared recitando unos extraños versos. Sonreí ligeramente y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para pasar al otro lado.

PRESENTACIÓN vs EXPLICACIÓN

Mi nombre es José Olayo Muñoz, pero a partir de este momento y en este blog adoptaré el nombre de Josele Haller: el primer nombre porque me gusta, y en el caso del apellido, he tenido la desfachatez de robárselo al protagonista de El Lobo Estepario, una de mis novelas favoritas.

Ahora está un poco vacío, pero pronto (o tarde) empezaré a llenarlo de cosillas que intentaré clasificar en distintas categorías (si se puede… porque todavía no domino muy bien el sitio este) como relatos cortos, microrrelatos, poemas… En fin, que pondré lo que me de la gana porque para eso es mio. Un saludo a mí mismo.

Josele Haller.