EL TESTAMENTO DE FRAN GÁLVEZ

“Bueno señores, son ustedes los dos únicos herederos directos que tenía el señor Gálvez. Tomen asiento por favor. Bien, les explico. Su padre dejó testamento y después de su fallecimiento me dispongo a leerles las palabras textuales, repito, textuales que dejó su padre. Insisto en el término palabras textuales porque el señor Gálvez dejó muy clara su voluntad de que les transmitiese su mensaje de esta manera, sin ningún tipo de alteración. Aunque si quieren puedo omitir algunas partes, o algún tipo de comentario, digamos, no correcto.”

“No, sabemos que papá se expresaba así, y si su voluntad era transmitirnos su testamento de esta manera que así sea”, dijo el hombre que se sentaba enfrente mientras cruzaba su pierna derecha por encima de la izquierda.

“Bien, sin más dilación, el escrito dice lo siguiente:

Testamento. En Sevilla a las trece horas y cincuenta y cinco minutos del día doce de Junio del año dos mil once. Ante mí, Raúl Roldán, Notario de Madrid, comparece don Francisco Gálvez, mayor de edad, viudo, con DNI 341614627-H, manifiesta haber nacido el 30 de Febrero de 1936, quien manifiesta haber estado casado con doña Isabel de la Cerda, de cuyo matrimonio tiene dos hijos llamados doña Esperanza y don Mariano.

Tiene, a mi juicio,  la capacidad legal necesaria para otorgar testamento, que redacto yo, el Notario, de conformidad con las instrucciones de don Francisco:

Queridos hijos, ya os imagino ahí sentados delante del señor Raúl, nerviosos por saber mi decisión final, pues como ya os dije en diversas ocasiones, no repartiría mi fortuna ni mi hogar, sino que todos los bienes tendrían un único destinatario, un único heredero. Y desde que tomé esta decisión han sido varias las ocasiones en las que me habéis intentado sacar del asilo forcejeando por cuidar mi bienestar al máximo. Pero después de llevar aquí casi quince años, pues le he cogido cariño al sitio, no os lo toméis a mal. Sé que habéis tenido alguna riña que otra y que por diversas razones, pues no habéis tenido tiempo de arreglar lo vuestro y lleváis como una década sin hablaros. Me siento algo culpable de la situación, pues sé que llegó a vuestros oídos que tenía en mi poder una gran fortuna que dejaría en herencia a uno solo de mis hijos.

Pues bien, para arreglar las cosas y no irme a la tumba con remordimientos, he decidido en el último instante, repartir mi gran tesoro entre mis dos hijos, que tanto se han preocupado de mi bienestar en mis últimos años de vida. Con todo el amor del mundo os dejo mi colección de botellas de agua mineral, todas ellas en sus respectivas cajas y ordenadas por fecha de consumición, a partes totalmente igualitarias. Son trece años de recopilar botellas de agua que Tristán, el de mantenimiento, me pasaba rellenas de anís, a un coste muy elevado, por cierto. Razón por la que deseo que ese hijo de la gran puta muera lo antes posible agonizando durante días. Ojalá le entrase el mismo dolor que os está entrando a vosotros al saber que no tengo un puto duro. Que muriera, por abusar de un anciano con necesidades alcohólicas moderadas, el muy asqueroso, que no sabe ni poner una bombilla, el puto gordo ese.

“Esto debe de ser una broma”, dijo Esperanza, hincando sus uñas en el reposabrazos de su sillón. Mariano tenía los ojos abiertos de par en par, con la mirada perdida en algún punto del suelo, sin poder mediar palabra.

“Me temo que no, señorita. Y si me permiten, continúo:

Pero tranquilos, todavía queda por saber a quién le dejo mi casa. El hogar que tanto esfuerzo me ha costado mantener. Una casa que es historia viva de la familia Gálvez, pues mi abuelo se la dejó a mi padre y él a mí. Y como ya sabéis, pues sé que os gusta informaros bien de las cosas, el inmueble tiene un valor altísimo en el mercado inmobiliario. Y para que veáis que me sobra bondad, le dejo en herencia mi casa a Gustavo Trigueros, compañero de fatigas del asilo. Ese cabrón chiflado me ha hecho pasar muy buenos ratos. El pobre tiene no sé qué historia en la sesera. Un día se intentó lavar los dientes con la escobilla del váter, y la verdad que tiene una buena caja de dientes… estuvimos tres días seguidos él escupiendo mierda y yo riéndome. Otro día me contó que de joven lo atropelló una máquina de coser de esas antiguas. También que le dolía la pierna porque una mañana se le olvidó quitarse el cinturón de seguridad y se echó el coche encima. ¡Ah! y lo del chaleco… se ponía un chaleco antibalas para cortar el pan porque decía que una vez se cortó el pecho y la parte de atrás de la silla.

Por todo esto decidí dejarle mi casa, no sin antes darle la estricta consigna de meterle fuego en cuanto la pisase. Cosa que le llevo repitiendo casi diez años, unas veinte veces al día, lo que ha convertido al bueno de Gustavo, pienso que por insistencia, en una especie de proyecto de pirómano, pues conseguí que esta idea de quemar su casa permaneciese chocando en las paredes de su corteza craneal como en la pantalla del cacharro ese con muchas teclas con el que el señor Raúl está transcribiendo todo lo que digo, y que os ha convertido a todos en una panda de gilipollas.”

“Creo que he oído suficiente”, gritó Esperanza levantándose y colocándose el bolso en el hombro.

“Señorita, todavía no he terminado, tome asiento.”

“¡Siéntate y deja de lloriquear, todo esto es culpa tuya!”

“Señores, señores, dejen las disputas para luego. Si tienen algún asunto legal que arreglar entre ustedes estoy a su entera disposición, pero terminemos con esto. Prosigo:

Dicho esto, queda repartida mi gran fortuna. Pero antes de despedirme, puesto que ahora mismo los gusanos estarán llegando al hueso les haré una confesión: vuestra santa madre, que ojalá esté ardiendo en el infierno por los siglos de los siglos, he de decir que, a la muy zorra, no se le daba nada mal hacer honor a su primer apellido. Así que os diré que es bastante probable que no seáis hijos míos. Cosa que ni me molesté en comprobar porque tenéis toda la cara de gilipollas del jefe que tenía vuestra santa madre en aquella oficina de mierda en la que trabajó durante algún tiempo. El mismo tonto de los cojones que se pasaba todos los fines de mes por el bar para pagar mi cuenta con el fin de que yo no le dijera a su mujer el par de bastardos que tenía por ahí. Si, la misma cuenta del bar que tanto os preocupaba, ya que pensabais que era mi gran fortuna la que pagaba mis tragos de aguardiente y de güisqui de reserva. Causa directa por la que me metisteis en un puto asilo esperando que no gastase la fortuna que creíais que ibais a heredar cuando muriese. Bien, pues el esperado momento ha llegado.

Y ya por fin, con la segunda satisfacción más grande de mi vida, después de que España ganase el mundial, me despido. A escasos centímetros bajo tierra, que os den mucho por el culo.

Firmado: Fran Gálvez.

LA CUEVA ADHERENTE

Entré en la cueva. Me hormigueaban los pies. Las gotas de agua se dejaban caer hacia el suelo con violencia, provocando un eco insoportable. Seguí caminando. Las paredes se empezaban a estrechar a mis costados. Mi respiración se entremezclaba con el silencio, y a su vez con ruidos procedentes de insectos y pequeñas criaturas agitando sus alas.

A través de un pequeño hueco vi una luz. Me asomé, pero no podía atravesarlo, era demasiado estrecho. Entonces noté un escalofrío e intenté volver sobre mis pasos, pero las paredes rozaban con mis hombros. Algo que no alcanzaba a comprender me impedía darme la vuelta. Solo podía avanzar, lo que me hizo sentir un miedo terrible. Agarré una gran piedra del suelo y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para acceder a la galería que se veía al otro lado. Y tal era mi ansiedad que de un solo golpe se abrió un boquete lo suficientemente grande.

Accedí rápidamente, temblando e hiperventilando por el terror que se agarraba con fuerza a mi pecho.

Una vez dentro miré a mi alrededor, pero todo estaba inundado de una espesa niebla blanquecina que apenas me dejaba respirar. La luz procedía de la parte superior de la galería. Avancé unos pasos y de repente me sobresaltó una figura humana enroscada en sí misma, con ambos brazos rodeando y abrazando sus propias rodillas, sentado y con la espalda apoyada en la pared.

Pasé unos instantes sin poder moverme, hasta que logré acercarme. Era un anciano ensimismado, recitando extraños poemas sin sentido y casi imperceptibles desde esa distancia. No se percató de mi presencia hasta que estaba a menos de un par de metros de él. Levantó la vista muy tranquilamente y dijo “¿qué haces aquí?”. Seguidamente preguntó mirándome fijamente el pecho “¿qué llevas ahí? Parece que ya te han acribillado a balazos. Bien, es la única forma de aprender, aunque yo te aconsejo que desaprendas, lo hace todo más fácil”. Hizo una pausa y continuó, esta vez levantando más la voz “Maldito iluso, ¿Qué coño has venido a buscar? ¡Vete de aquí de una puta vez!”. Inclinó la cabeza hacia el suelo y comenzó a agitarla. Parecía muy perturbado. Me fijé, y sus extremidades inferiores se fundían con el suelo como las raíces de los árboles, y su espalda también estaba unida al muro de piedra. ¡Estaba unido a la tierra y a la roca!

“Tus pies están unidos al suelo, son como raíces, ¡estás pegado a la tierra!”

Levantó la vista frunciendo el ceño, “¿y qué te hace pensar que no soy tierra, o que no soy vegetal o que no soy agua?”

Le miré a los ojos y éstos empezaron a derretirse junto a su cara, hasta que sus fracciones me parecieron irreconocibles. Hasta que en cuestión de segundos quedó reducido a un charco de líquido turbio de color ocre. No me dio tiempo a pensar sobre lo sucedido, cuando de repente una sombra tapó la luz que procedía de arriba por un instante, y se escuchó un tremendo golpe en el suelo. Me di la vuelta y ¡allí estaba! Era el anciano tirado en el suelo como un trapo, inerte. Seguidamente cayó otro cuerpo encima del anterior y otro después. Era el mismo anciano en todas las ocasiones. Cayeron hasta un total de siete cuerpos, todos idénticos. Entonces se escuchó un estruendo, un trueno que parecía proceder del mismísimo infierno.

“¿Cuántas veces tienes que morir para darte cuenta de que estas vivo?” Era una voz rígida e inerte, como la del anciano pero multiplicada por mil, y no sabía exactamente de dónde procedía. Parecía venir de todas direcciones.

Me arrodillé en el suelo con las manos en la nuca y grité “¡No sé qué quieres de mí!” Entonces noté un aliento en mi nuca. Era cálido y me resultaba familiar, pero me puso los bellos de punta. Di un salto hacia delante girándome y gateando hacia atrás, y vi ante mí la cara del anciano con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir de sus órbitas. Solo estaba la cara, no había cuerpo, y flotaba en el aire como si fuera gas, incluso se transparentaba y se difuminaban sus rasgos.

“¿De verdad no te reconoces a ti mismo? No soy más que un aviso, una simple advertencia para que comprendas lo triste que puede llegar a ser tu propia existencia. Soy un trozo de ti. Soy la parte sucia y podrida de tu alma, el veneno que todo ser humano lleva dentro. ¿Te asusta verdad? ¡No hay nada más desconcertante y a la vez más necesario que asustarse de uno mismo!”

Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí me encontraba con una gran piedra en la mano, encajado entre dos paredes estrechas y con un hueco enfrente de mí, demasiado estrecho como para atravesarlo. Salía de él una luz cegadora. Me asomé y vi a un anciano con barba y muy delgado sentado y apoyado en la pared recitando unos extraños versos. Sonreí ligeramente y me dispuse a abrir el hueco lo suficiente como para pasar al otro lado.