EL ENEMIGO DE TOMASILLO (RELATO NAVIDEÑO)

Era invierno y como cada 24 de diciembre, la familia se reunía en la casa de la abuela Encarna, en el pueblo. Ella, como siempre que había alguna función en su hogar, se desvivía corriendo de acá para allá para que todos los presentes estuviesen en total y completo bienestar.

En un extremo de la mesa donde se iba a servir la cena se encontraba Tomasillo, con 7 años de edad, apoyando el codo en la mesa y el puño en su barbilla. Mantenía el ceño fruncido mientras observaba a sus primos corretear por el pasillo jugando con una pelota hecha de papel de plata que les había dado el tío Fidel, que estaba siempre gastando bromas y solo quería que los críos dieran el follón a las mujeres, que esquivaban a éstos con los platos y los vasos, riñéndoles sin obtener mucha respuesta.

El padre de Tomasillo estaba también sentado en la mesa junto al tío Fidel discutiendo sobre fútbol, como siempre.

El abuelo Ramón se encontraba sentado en el sofá echado hacía atrás, intentando mirar la televisión. Tenía su típica cara de renegado, aunque un poco más acentuada, ya que a su lado estaba el tío Josele con su guitarra cantando sus canciones antiguas de todos los años. “Tu hermano es muy cansino con el guitarro. Alguien debería decírselo”, decía siempre el padre de Tomasillo a su madre.

—Voy a por una cerveza, te traigo una—. El tío Fidel se levantó  y al pasar por al lado de muchacho le dijo al oído:

—Este año te has portado regular, me han dicho. A lo mejor Papá Noel no te trae nada.

El niño se le quedo mirando sin responderle.

—¿Y las notas de la escuela? ¿Has suspendido unas cuántas no? Vaya un bicho estás tú hecho- y se marchó restregándole el pelo con su mano con fuerza. Éste le respondió con una patada que no llegó a su destino.

Y era verdad. Tomasillo se había portado realmente mal: pegaba a los niños en clase, sacaba malas notas, se escapaba de casa y se había vuelto terriblemente malhablado. Incluso, recientemente había estado castigado por tirarle un polvorón a la cabeza al dueño del bar del pueblo, supuestamente porque éste le había vendido una bolsa de gusanitos abierta.

La cena transcurrió con total normalidad. Los mayores ya estaban con las copas y los niños revoloteaban por toda la estancia. Todos menos uno: Tomasillo.

De repente se escuchó un ruido por la zona de la cocina.

—Mamá, mamá, ¿es Papá Noel, a que sí?

Efectivamente, como cada año, Papa Noel hacía su entrada triunfal por el pasillo con un saco lleno de regalos para los niños.

—¡Jo, jo, jo! ¿Cómo estáis niños?

Entonces, por primera vez en toda la noche, Tomasillo se levantó dirigiéndose hacia el personaje mágico que acababa de entrar. Pero en vez de darle un abrazo o algo así, como se esperaría, pasó a su lado sin mirarle siquiera y cruzó el umbral de la puerta hacia las habitaciones. Los demás niños estaban como locos y los padres aplaudían, así que aquel detalle pasó algo desapercibido. Tampoco dio mucho tiempo a darle importancia, pues a los pocos segundos, el pequeño apareció de entre las sombras del pasillo con un pequeño bate de béisbol que tenía del Real Madrid agarrado con ambas manos y cargado detrás de su cabeza listo para mandar la bola fuera del estadio. Pero no era una bola lo que quería golpear Tomasillo. El niño le metió un primer estacazo a la altura de la rodilla que sonó como si le diese al marco de la puerta. Papa Noel cayó sobre esa rodilla con un grito ahogado, ante el estupor de los presentes, para seguidamente recibir otro tamarazo en las costillas.

—¡Será cabrón el niño!— acertó a decir Santa.

—¡Cabrón tú, gordaco! ¡Menos morcillas y más regalos!— respondió el chico mientras lo cogía su madre por la cintura para arrastrarlo a la cocina.

—¡Y espérate que no salga a apedrear a la mierda de renos que tienes ahí fuera!

Este año, Tomasillo había sido desastroso. Decir que había sido un niño travieso habría sido quedarse corto. Muchos habrían dicho que no se trataba del mismo niño con respecto al año anterior: sacaba buenas notas, ayudaba a su madre en casa, nunca contestaba mal… Era todo un ejemplo.  Sin embargo, en casa fue un año difícil. Su padre se había quedado sin trabajo y vivían con el sueldo de la madre. Llegaron las navidades y todos pensaron que sería mejor, dadas las circunstancias, regalarle al niño solo cosas a las que le sacase utilidad. Había pedido una bici nueva, pero Papá Noel trajo a Tomasillo una flauta para el colegio y una peonza. Los demás regalos fueron piezas de ropa, así que no les hizo mucha cuenta. ¿Una peonza? ¿Qué era esto, una broma de mal gusto? Había sido todo lo bueno que se podía ser y el puto gordo ese, como él le llamó a partir de entonces, le trajo una flauta y una peonza… ¿En serio? Desde ese 24 de diciembre hasta el siguiente 24 de diciembre, Tomasillo, corrompido por el sabor de la venganza más extrema junto con el dolor intenso de la traición de un ídolo, pasó el año contando los días para volver a ver a su enemigo.

El niño, después de hablar con su madre, entró mucho más calmado. Ella le había convencido de que Papá Noel no era malo y que pudiera ser que este año le trajera algo bonito para que mejorase su actitud.

Su prima María sostenía una sonrisa brillante mientras recibía los regalos. Ya solo quedaban su primo Juanito y él para la entrega, y él se acercó.

Como hemos dicho anteriormente, al tío Fidel le gustaba gastar bromas y decidió encargarle a Papá Noel que le diese algún regalo de poca importancia fingiendo que era el único, para después darle los verdaderos. Así se llevaría una pequeña lección por su mal comportamiento. Su madre, tal y como vio al niño, quiso, a través de señas, abortar dicha misión, pero Santa, quizás por venganza por los palos recibidos o simplemente por falta de atención siguió con el plan.

—Bien muchacho, acércate. Olvidemos lo ocurrido—, dijo recuperando su voz grave. A lo que asintió el niño con la cabeza acercándose.

—Me consta que este año has sido muy travieso, señorito. Así que no podrás quejarte si los regalos no son lo que esperabas.

El chico, en son de paz, asintió de nuevo.

—Encima has agredido a Papá Noel…

A partir de ahí, el discurso adquirió un tono guasón que no gustó mucho al muchacho.

—Aun así te he traído una cosilla que sé que te gustará.

Los ojos del niño se volvieron a iluminar. Además, en el saco parecían quedar bastantes regalos por el volumen de éste y solo quedaban Juanito y él. Pero del saco salió una cajita pequeña… ¿Qué podría ser? No recordaba haber pedido nada tan pequeño. Además sus esperanzas de que no fuese el único regalo se esfumaron después de que su primo Juanito fuese llamado para recoger los suyos. Pero Juanito no se movió debido a su curiosidad por saber el regalo de su primo. Éste abrió el envoltorio. Todo el mundo le miraba.

“¡Otra peonza de mierda”, pensó el niño clavando su mirada en el barbudo anciano. Su sangre hervía como un volcán. Miró la peonza, volvió a mirar al barbudo, y explotó. Tomasillo se lanzó con las uñas hacia la cara del odiado individuo como un gato arrinconado. El ataque fue enérgico pero poco efectivo, quitando el primer zarpazo que casi le saca un ojo a su, ahora sí, enemigo mortal. Esta vez fue su padre el que le cogió de un puñado: -¿Es que estás tonto?- En ese momento, Tomasillo levantó la vista y al fondo de la escena vio al abuelo Ramón llorando de risa en el sofá. Se restregaba los dedos en los ojos quitándose las lágrimas e intentando que no se oyesen sus carcajadas. Hacía años que no veía al abuelo reírse y nunca en su vida de esa forma. El niño sabía perfectamente porqué se reía el abuelo y eso le consoló, ignorando el tremendo cabreo de su padre. Alguien estaba de su lado.

El año anterior, justo después de esas fatídicas navidades de la flauta y la peonza, oyó decir al abuelo, el cuál no se había percatado de su presencia, que Papá Noel era un invento de los americanos, que nos comían el terreno cultural. Primero jodiendo la noche de los santos con el “jalogüím” ese y ahora las navidades con el panzón ese que se viste de rojo. Y que aquí, “de toa’ la vida han sio’ los Reyes Magos, ¡coño!” Y culminaba el encorajado discurso con su característico golpe con el vaso de vino en la ya desportillada mesa.

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CLAUSTROFOBIA “VEGETAL”

El bosque tenía un follaje espeso. Tan espeso que el cielo era inaccesible a mis ojos y lo más lejos que podía ver eran escasos metros delante de mí. Las plantas eran extrañas, con las hojas parecidas a manos humanas. El suelo era blando, aunque no llegaba a hundir mis pies en él. El aire era espeso y húmedo, cargado de vaho.

Mientras caminaba sin ningún tipo de rumbo, empecé a sentir que los elementos y yo éramos uno solo en continuo movimiento. Los trazos de mis pasos modificaban la maleza, que cada vez era menos frondosa.

Desorientado, al fin, llegué a un claro. A una mancha de aliento entre tanta claustrofobia vegetal. Mi mirada se congeló en el suelo al comprobar que había pisado lo que en principio parecía un cráneo que permanecía semienterrado en el suelo. Era de tamaño menudo, ¿podría ser de un niño?

Este primer pensamiento me hizo dar un pequeño salto hacia atrás y posé mis ojos al frente. ¡Estaba en lo cierto! Había cientos de ellos. ¡Eran personas, de todas las edades y sexos brotando literalmente de la tierra! Sus cuerpos estaban ensangrentados y desnudos. Acogían las más variopintas posiciones, como si de un árbol se tratase. La anciana que se encontraba a unos 5 o 6 metros de mí en diagonal hacia la izquierda se contorsionaba hacia atrás alzando su mando derecha hacia el cielo, mientras su mano izquierda se retorcía hacia su espalda. La tierra le llegaba a las rodillas.

Me fijé y había pequeñas acequias en las que corría algo que yo identifiqué como sangre. Alguien o algo ha hecho esto. ¡Alguien o algo está cultivando personas!

La luz era tenue, pero mi curiosidad y el tiempo que llevaba en aquel claro agudizaron mi visión. Los rostros estaban desiertos. No había rasgos. No había boca, ni ojos, ni nariz… nada. Lo que sí acertaba a ver era un número a la altura de la frente, de muchos dígitos.

Entonces, noté un pequeño empujón en la espalda que provocó en mí un miedo electrizante que recorrió todos mis huesos. Con el sobresalto no me di cuenta de que al mismo tiempo algunas “personas-planta” se empezaron a mover, o mejor dicho, a vibrar. El aire soplaba tras de mí y las hojas de los árboles repiqueteaban a mi alrededor junto a las extremidades de esas “personas”.  Algunos, incluso parecen sufrir convulsiones.

Noté, en uno de ellos, más actividad que en el resto. Era un adolescente de pelo rubio ondulado que había sacado una pierna de la tierra y con sus manos estaba tirando de la otra que le quedaba atrapada. Algo no me olía bien y di unos pasos hacia atrás con la intención de esconderme. El chico finalmente escapó y comenzó a correr desorientado, preso de la angustia, chocando constantemente con sus semejantes. A pesar de estar paralizado, pensé en ayudarle. Di un paso al frente, pero me frenó un sonido. Un grito o chillido tan agudo que dolía al escucharlo. Parecía provenir de distintos sitios. Puede que distinguiera 2 o 3 distintos en aquel momento.

No recuerdo bien los siguientes acontecimientos, pues fueron muy rápidos y la adrenalina de mi cuerpo no me dejaba digerirlos con la objetividad suficiente. La cuestión es que se abrió la frondosidad del cielo y entró una especie de ave gigante de color oscuro con unas garras, creo recordar, desproporcionadamente grandes, plateadas al igual que su pico, reluciente y astillado, como con dientes. Fueron décimas de segundo lo que tardó esa bestia en despedazar al muchacho y fue poco más lo que tardaron en entrar en escena 2 aves más, y luego otra. Peleaban por un trozo de comida casi insignificante si lo comparamos con sus envergaduras. A mi lado saltaban sangre y vísceras. Vomité considerablemente y entre mis ojos llorosos por el esfuerzo vislumbré la cabellera rubia del muchacho a escasos centímetros de mí, con su número a penas visible por los zarpazos. Fijé mi vista un poco más y vi desintegrarse dicho número al mismo tiempo que me venía un tremendo dolor de cabeza. La vista se me nubló de repente. Me costaba respirar. Era como si se me taponasen los oídos o se me redujeran los orificios de mis órganos faciales. El miedo y la angustia se apoderaron de mí y comencé a correr sin sentido. Lo último que escuché fue un graznido agudo y lo último que sentí fueron como 10 puñales que abrazaban mi cuerpo hasta hacerlo añicos.

pesadilla

EXTRA DE CARNE PARA LOS INVITADOS

— ¿Dónde está el señorito Mariano? Llevo dos días sin verlo. Qué extraño… Por cierto, ¿qué coño es esta carne? Está buenísima.

— Eh… Bueno… señor… la carne… vino un comerciante nuevo y dijo que era de un animal extraño, como exótico, no recuerdo bien el nombre. Y en cuanto al señorito Mariano, después de la revuelta en su finca cogió su caballo y salió a galope hacia el norte.

— Pues ya puedes ir recordando el animal que es porque quiero más de esto en la próxima fiesta.

— Sí, señor.

La criada se dio la vuelta con la cabeza gacha andando a paso ligero hacia la cocina. Allí asomado a la puerta la esperaba Alfredo, el sirviente más anciano de la finca.

— ¿Qué le has dicho? ¿Ha sospechado algo?

— Creo que no —contestó la muchacha frotándose las manos con nerviosismo—. Me ha dicho que quiere la misma carne para la próxima fiesta.

— ¿Qué? Madre mía, espero que se le olvide, porque si no ya me dirás cómo lo hacemos.

— Yo estoy demasiado nerviosa. Me va a dar algo. Esto no está bien. Tendríamos que haber pensado en otra solución.

— ¡Sabes que no había tiempo! Y deja de temblar. Vas a conseguir que nos maten a todos.

Por detrás de ellos, sigilosamente apareció la cocinera mirando hacia todos lados y limpiándose las manos con un trapo.

— Don Alfredo, ya he terminado de picar el resto de la carne. Voy a hacerla igual que la anterior tirada. Pero, ¿qué hacemos con los restos?

— Hay que echárselos a los cerdos. Con suerte en pocas horas no habrá ni rastro de los huesos. Y con el revuelo de la fiesta nadie se dará cuenta.

— Madre mía, ¿y no era mejor enterrarlo?— dice la sirvienta echándose las manos al rostro.

— ¿Tú sabes el tiempo que llevaría enterrarlo? Nos echarían en falta en seguida a cualquiera de nosotros. En la cocina nadie sospecha nada. Echadlo en el cubo de basura, que yo se lo llevaré a los marranos en cuanto vea el momento.

El sirviente cogió el cubo de la basura y, asegurándose de que no había nadie alrededor se dispuso a cruzar hacia las pocilgas. Al abrir la puerta se quedó sobresaltado al notar una mano en el hombro.

—¿Qué llevas ahí?

—Señorito Julián… Iba a echarles las sobras a los animales, que parece que les falta lustre, ¿no cree usted? Es… es que luego… luego viene la matanza y parece que sacamos poco provecho.

— Alfredo, Alfredo, Alfredo, viejo amigo. Tú te piensas que este que tienes en frente es tonto, ¿no? ¿Eso es lo que piensas?

— No señor, por… por supuesto que no.

— ¿Es que os ha faltado aquí de algo, Alfredo? ¿Cuántos años llevas aquí sirviéndonos?

— No… no lo sé señor. Desde que tengo memoria.

— ¿Cómo ibas a saberlo? Si no sabes ni contar. Si eres un pobre borrico de mierda.

— Pero señor, yo… Puedo explicarlo. Yo soy el responsable de todo. Los demás sirvientes solo seguían mis órdenes.

— ¿De verdad creías, Alfredo, que yo me iba a tragar la milonga esa de que los animales están hambrientos, cuando los restos os los coméis vosotros?

— No… no señor.

— Entonces deja de esconder comida por la finca y haz esa carne para mis invitados o te cortaré las manos. ¿Y sabes para lo que sirve un sirviente sin manos?

Esa última inspiración de aire le supo al sirviente más a vida que cualquier otra cosa en el mundo. Pero puso cara de arrepentimiento y contestó lo que llevaba años contestando a esa misma amenaza:

— De alimento para perros, señor.

—Exacto. Así que vuelve a la cocina y asad esa carne.

— Ahora mismo, señor. Lo siento.

Al llegar a la cocina plantó el cubo en medio y sudando dijo:

— Hay que hacer el resto de carne. Ya pensaremos que hacer con los huesos. Yo voy fuera a ver cómo van las cosas.

— Ay Dios mío…— suspiró la cocinera.

Al salir, Alfredo se detuvo en seco al escuchar la conversación que mantenían dos de los invitados que había en la fiesta. Se quedó justo en la esquina, en silencio, escuchando los susurros de dichos invitados.

— Que sí, que a don Mariano lo mataron el otro día en la revuelta. Que yo lo vi desde la lejanía. Y fueron entre los criados de éste y los de don Julián, me pareció ver. Don Mariano estaba castigando con el látigo una de las sirvientas y los demás se armaron de valor al verlo sólo. Son igual de cobardes que los perros, solo se defienden cuando son mayoría. Yo acabo de llegar, estoy buscando a don Julián, porque esta fiesta no debería haberse celebrado—. Esto último lo dijo subiendo un poco la voz y alzando la vista por encima de las cabezas del resto de invitados, como buscando.

— Señores, perdón por la interrupción, ¿buscan ustedes a don Julián?— La situación y el nerviosismo hizo que Alfredo interviniese rápidamente.

— Así es.

— Está en la cocina supervisando que todo esté en orden. Pueden ustedes acompañarme si quieren. Por favor, detrás de ustedes—, dijo señalando con la mano el camino que debían seguir.

Al entrar en la cocina, Alfredo, sin pensárselo dos veces y ante la mirada atónita del resto del servicio, le rebanó el cuello a uno y le traspasó el corazón al otro con un cuchillo de cocina que cogió nada más entrar. Los dos hombres cayeron al suelo a plomo dejando la figura de Alfredo cubierta de sangre y con el cuchillo en la mano.

La criada y la cocinera quedaron paralizadas por la escena. Alfredo secó el cuchillo con un trapo que llevaba colgado de los pantalones, levantó la mirada y dijo:

— Señoritas que sea extra de carne para los invitados.

5 MINUTOS

Lleva un rato con sus brazos apoyados en el marco de la ventana, con el corazón a mil por hora. Se enciende el segundo cigarro casi sin poder adherir la llama con el tabaco. Le tiemblan las manos y le dan escalofríos. Se acaba el cigarro y comienza a comerse las uñas de una manera compulsiva. Se mira los dedos fijamente, parecen muñones. De repente, cae en la cuenta, ¿y si a ella le resultan desagradables la punta de esos dedos? Esconde sus uñas cerrando los puños y seguidamente se enciende otro cigarrillo.

Son las 8.55 de la mañana y ella todavía no ha aparecido. Entra a trabajar a las 9 en punto y cada mañana él se levanta para verla pasar. Son 10 segundos esenciales en los que intenta analizar cada uno de los rasgos de su cuerpo para recordarlos y así poder seguir vivo el resto del día. A veces, ha intentado dibujarla de memoria en un papel, pero nunca fue un gran dibujante, y aunque lo fuese, ningún trazo de carboncillo de mierda sería lo suficientemente bueno como para acercarse al natural. Aunque también había pensado hacerle alguna foto sin que se diese cuenta, pero, ¿y si lo pillaba, qué pensaría de él? Además, él no quiere fotos, él lo que quiere, lo que necesita, son 5 minutos.

De repente, aparece una silueta en la esquina, ¡parece que sí es! Los dedos de él parecen tener vida propia, le cuesta respirar… Sus pasos son firmes, cada uno de ellos pisa y estruja el corazón del vigilante que se esconde entre los ángulos de la ventana. El contoneo de su pelo raja su estómago hasta dejarlo con una sensación de vacío que le corta el aliento. Ya desaparece por el umbral de la puerta de la frutería donde trabaja. Cada vez se le hace más corto…

No sabe qué hacer, es una sensación desesperante. No es capaz de controlar su mente. Sus pensamientos se dedican de principio a fin a recordarla, a imaginarse con ella, a preparar lo que le diría si le concediese sólo 5 minutos de su tiempo. Lo que ella no imagina es que él moriría por esos 5 minutos, mataría por esos 5 minutos. Cambiaría cualquier cosa por estar ese corto período de tiempo junto a ella, aunque no pudiera tocarla. Recuerda aquella vez que se lo contó a un amigo y éste le respondió lo que toda esta sociedad infectada y asquerosa respondería: “tú lo que quieres es follarte a ese bombón”. A partir de ese momento decidió no volver a hablarle a nadie sobre su particular obsesión con la chica de la frutería.

Por la tarde suele bajar a comprar fruta, aunque realmente nunca la come. Tiene fruta por todas partes. Siente que eso le vincula un poco más con ella, pues se encuentra rodeado de los elementos con los que se rodea ella la mayoría del tiempo. Es una especie de conexión espiritual que se ha inventado. Tampoco se atreve a tirarla hasta que no está bien madura y y comienzan a aparecer los mosquitos, pues es lo único que recibe directamente de sus manos. Tiene manzanas encima del sofá, naranjas en el fregadero, platanos encima de la tele, peras en las sillas, uvas en las lámparas…

Ahora se dispone a bajar como cada día. Lo pasa realmente mal. Comienza a dar vueltas de un lado a otro para convencerse. Está al borde del ataque, ya que hay veces que recibe la fruta sin siquiera una mirada. Él quiere que lo mire, que sepa que existe, que existe por y para ella, y cuando eso no ocurre se sube a su cuarto a darle vueltas a ese pequeño gesto tan insignificante para muchos pero tan significativo para otros.

Sólo 5 minutos.

Las luces hacen que su piel brille, y que sus rasgos cojan un tono angelical al alcance de nadie. Hoy casi da un salto de alegría al salir de la tienda. Al darle la bolsa sus dedos se han rozado. Pero tampoco se ha atrevido a decirle nada. ¡Maldito cobarde!

Se levanta temprano como siempre. Parece respirar nicotina en vez de oxígeno. Los nervios no le dejan hacer otra cosa. Ya van 2 días que no aparece. ¿Estará de vacaciones? Intenta convencerse de ello con todas sus fuerzas, pero, ¿y si no es así? ¿Y si se ha ido y ya no vuelve a verla?

Pasan 3 y 4 días y sigue sin venir. Las ojeras se hacen patentes y él sin tener nada, ¡ni una foto! Solo la posibilidad de haber perdido el único contacto con ella… y solo por ser un cobarde… No se lo perdonaría nunca.

La rabia contra sí mismo se traduce en golpes de nudillo contra el moviliario. No puede seguir con esta incertidumbre que le aprieta el cuello, y en un acto instintivo coge las llaves y cierra la puerta tras de sí. Baja las escaleras como alma que lleva el diablo, atraviesa la calle y se adentra en la frutería. Como poseído aparta a la mujer que hay frente al mostrador.

— Usted… Usted sabe dónde está. ¿Porqué ya no viene?

— ¿ De qué coño está hablando? ¿Y porqué irrumpe así en mi frutería?

De repente se da cuenta de sus actos, se da cuenta de que estaba fuera de sí, sin control. Mira alrededor, captando las miradas de las personas que esperan para comprar.

—Eh… Yo solo… Perdone, solo quería preguntarle por la muchacha que trabaja aquí.

—Ya no trabaja aquí. Dijo que quería montar su propia frutería.

El corazón le dio un vuelco que le paralizó unos instantes hasta que por fin pudo reaccionar.

—¿Y no sabe dónde puedo encontrarla, o su número de teléfono?

— Creo que todavía no ha abierto porque tiene mucho papeleo y tendrá que arreglar el local y todo. La cuestión es que ya no está aquí. ¿Puedo atender a mis clientes por favor?

— ¿No me puede decir aunque sea…?

— Señor, tengo clientes esperando…

— Si, perdone, lo siento.

La noticia le ha dejado atónito y confundido. No sabía qué hacer, y a cada minuto que pasaba, la desesperación y el pesimismo brotaban de su cuerpo como las raíces de un árbol creciendo hacia todas direcciones. A ratos pensaba que con el tiempo se solucionaria esa angustia que no le dejaba ser él mismo, que no le dejaba ser. Pero con el paso de los días la imagen que tenía en su memoria de la mujer perfecta se iba diluyendo y se hacía cada vez más borrosa. No lo podía soportar más. Puede que al día siguiente no recordara su rostro. ¡Moriría antes de que pasase eso! ¿Para que quería la memoria si no era para recordarla? ¿Para qué quería el tiempo si no era para gastarlo hasta volverla a ver? De repente se dio cuenta de que su vida carecia de sentido alguno, que ya nada merecía la pena, y todo por dejar pasar una oportunidad tras otra.

Sale a la calle y empieza a correr sin sentido hacia ningún sitio en concreto. Luego a caminar sin pensar en nada, con la mente en blanco, solo le sienta bien el aire fresco. Mira hacia el suelo y anda deprisa. Al doblar la esquina algo le hace alzar la vista, como un pellizco en el pecho: “Próxima apertura”. Era una frutería. Quizá… Podría ser que el destino le estuviese gastando una broma pesada, pero a pesar de ello decide sentarse a esperarla. No hay ninguna otra opción posible. No se movería hasta comprobar si era ella o no. No cometería el mismo error por enésima vez.

— Oye, perdona. Yo a ti te conozco.

Se despierta de un salto. Abre los ojos, rasgados por la molestia de la luz de los primeros claros de la mañana. Se frota la cara para espabilarse un poco. Al mirar hacia la voz que le había despertado, la luz del sol detrás de la figura que se encuentra delante de él no le deja ver. Entonces lo ve todo con claridad. ¡Está delante de él! No pudo disimular que el suspiro siguiente le supo más a vida que cualquier otra cosa en el mundo. Fue como la bocanada desesperada que se produce al salir del agua, cuando ya pensabas que te habías ahogado. El corazón le explotaba a cada segundo en el pecho.

— Si… Hola… Soy el que bajaba a comprar fruta por las tardes, y… Bueno, llevo mucho tiempo preguntándome… En fin… ¿Tienes 5 minutos?

 

 

MAMÁ NUNCA MIENTE

Mamá siempre me decía:

—No hijo, papá no es malo, es solo que está enfermo porque tiene un bichito dentro que hace que a veces haga cosas malas, pero no es él.

—¿Pero eso se cura mamá? —y ella contestaba: —Si hijo, se cura dejando a papá sólo, porque así el bichito que lleva en su barriga se muere de aburrimiento y se le cae a papá cuando hace caca, por eso nos hemos ido de casa. Pero tiene que pasar un tiempo, y tenemos que saber esperar.

—¡Hala mamá, qué bicho más malo! Y qué asco, ¿con la caca se va? —le dije yo.

Luego se empezaron a escuchar golpes en la puerta del motel donde nos habíamos ido para que mamá pensase, porque decía que necesitaba pensar para poner las cosas en orden o algo así.

—Por favor Laura, lo siento. Abre la puerta cariño, no me apartes de mi hijo, te lo suplico. Vosotros sois todo lo que tengo, mi amor. Os quiero mucho.

Yo me puse muy contento en ese momento, porque pensaba que a lo mejor el bichito de papá se había muerto ya. Pero mamá empezó a llorar y al preguntarle, me hizo un gesto para que hablase más bajito y con mucho cuidado me dirigió hacía el armario que se encontraba al fondo de la habitación.

—Hijo, creo que papá no está curado del todo. Recuerda que debe estar sólo para que se cure, así que debes esconderte en el armario. Corre. Y no salgas pase lo que pase y oigas lo que oigas ¿vale? si no, el bicho se hará más y más grande.

Lo de que tenía que estar sólo no lo comprendí del todo, ya que si abría la puerta, ella le haría compañía y todo volvería a fastidiarse. Y definitivamente no estaba curado, porque papá comenzó a alzar la voz diciéndole a mamá que abriese la puta puerta y que no le pusiese nervioso.

—¡Vete y déjanos en paz, Óscar. He llamado a la policía. Ya vienen para acá, y mi hermano también!

—¿Pero qué coño dices? —contestaba papá—, ¡abre la puerta o la echo abajo!

Yo temblaba de miedo mientras miraba por las rendijas del armario. Entonces la puerta se abrió de un fuerte golpe, que hizo un ruido que casi me mata del susto. Papá cogió a mamá por el pelo y le decía que era culpa suya. Luego le preguntó por mí, pero yo no podía salir porque el bicho sería ya demasiado grande.

Mamá no paraba de llorar, —¡que no grites te he dicho, joder!— le decía, mientras le daba un bofetón. Yo no pude evitar hacer ruido porque no dejaba de temblar. Entonces papá me sacó del armario cogiéndome del brazo. Me arrastró hasta el coche mientras mamá corría detrás de él agarrándolo del brazo y llorando desconsoladamente. Observé como la gente comenzaba a salir de sus habitaciones para ver lo que pasaba.

—¡Haz lo que quieras pero no te lo lleves! —decía, y la tiró al suelo de un empujón. Luego me metió al coche. Dio la vuelta con paso firme y ligero y se montó también.  Comenzó a decirme algo que no alcancé a comprender, mientras ataba mi cinturón. A mí me lloraban los ojos, pero aún así acerté a ver una figura que se acercaba por detrás de papá. Cuando estuvo lo suficientemente cerca vi que era el tío Manuel, que agarró a papá y lo sacó por la ventanilla. Luego comenzó a golpearle con una violencia que nunca había visto antes. Mamá intentaba agarrarlo diciéndole que lo iba a matar, pero los ojos del tío no eran suyos. ¡Su bicho era aún más grande que el de papá!

Finalmente se dirigió a su coche y mamá quedó llorando encima de papá. A los pocos segundos volvió a aparecer el tío Manuel con un hierro, un palo o algo así. Yo salí del coche gritando: —¡Tío, que así no se cura, que hay que esconderse!—. Al verme, mamá se dirigió a mí con la mano extendida diciéndome que me alejara justo en el instante en el que mi tío Manuel destrozaba el cráneo de papá de un solo golpe. El abrazo de mi madre no logró que la sangre me salpicara, pero sí consiguió taparme la visión para que no viese la cabeza de papá destrozada como una pieza de fruta. A partir de ahí solo escuchaba sirenas y personas de aquí para allá.

Finalmente me giré y vi a mi padre totalmente irreconocible en el suelo y rodeado de sangre. Entonces cerré los ojos con fuerza para no ver nada más. Así que eso es todo lo que vi señor agente. Y por favor, dejen sólo a mi tío para que se le muera el bicho malo que tiene dentro. Déjenlo en algún sitio sólo con un baño y verán como se cura. Mamá nunca miente señor agente, mamá nunca miente.

 

TRISTES PIEDRAS BLANCAS

—Venga grábalo. Ahora es el momento, está como hablando sólo. ¡Vamos, vamos!

El periodista carraspeó y se puso dentro del plano, detrás de unos altos juncos, sin tapar la imagen que se veía tras ellos.

—Aquí en el lecho del río vemos al hombre que despierta nuestra curiosidad. Un ermitaño que sobrevive en el monte sin contacto alguno con la civilización, es totalmente asombroso. No podemos acercarnos en exceso, en los alrededores se dice que es bastante hostil. Parece que murmura algo mientras se baña en un pequeño riachuelo, aunque no podemos entender lo que dice, está demasiado lejos.

‘Tristes piedras blancas
que sostienen el peso del agua,
desde el fondo brillan sus lágrimas
que más que lágrimas son nostalgias.
Tristes piedras blancas
que escupen sobre el tiempo
roído por las plagas.
Puñales de luz de lunas rajadas
que hacen del verde
grisáceas pantallas.
Tristes piedras blancas
que sostienen el peso del agua.’

—Parece balbucear palabras ininteligibles. Puede que incluso ya no utilice el lenguaje como lo entendemos nosotros. Puede que utilice un lenguaje propio para expresar sus pensamientos en voz alta. Un claro síntoma de lo que ha podido afectar la soledad extrema a la que se ha sometido.

El ermitaño salió del río totalmente desnudo. Su barba era larga y espesa al igual que su cabello, aunque en el resto del cuerpo no tenía excesivo vello. Su constitución era delgada, y del cuello le colgaba un collar hecho con piedrecitas de distintos colores. También llevaba dos pulseras hechas con raíces trenzadas, una en la muñeca derecha y otra en el tobillo izquierdo.

—Atención, parece que sale del río. Se ha agachado y está manipulando algo, aunque como está de espaldas no podemos ver bien lo que es. Si pudiésemos acercarnos algo más… Intentaremos hacerlo con sigilo… Ya se levanta. Parece… Sí, es una red. Parece que vamos a asistir a su ritual de pesca.

El hombre semidesnudo colocó la red en el fondo del río donde su anchura era menor y ató los extremos de la red a la vegetación que había a cada orilla, para después, con mucho sigilo, marcharse y perderse en la espesura.

—¡Se ha ido! Vamos hay que entrar en la cueva y grabar donde vive. Puede que haya objetos que podamos atribuir a la brujería o algo así. ¡Nos va a salir un reportaje cojonudo!

—Yo no sé si es buena idea —respondió el cámara—. ¿Y si vuelve antes de que salgamos?

—Venga, será rápido. Nos iremos en seguida. Va a ser un bombazo ya verás. Después de esto ya no tendremos que hacer más reportajes de mierda. Hazme caso, hay que arriesgar un poco.

Ambos reporteros se dirigieron a la cueva corriendo sigilosamente y se adentraron en ella.

***

Cuando el periodista abrió los ojos, algo se movía de un lado a otro dentro de su campo de visión. Aunque todavía lo captaba algo borroso. Se encontraba mareado, la cabeza le iba a estallar.

—¡Jorge tío, despierta! ¡La hemos cagado!

El susurro provenía de su derecha, y entonces comprendió. Estaban atados de pies y manos a una estalagmita enorme. El periodista miró a su compañero. De su cráneo manaba sangre que caía por su cuello. Frente a ellos estaba el misterioso sujeto al que venía a filmar, el protagonista de su reportaje, que se movía de derecha a izquierda pensativo e inquieto balbuceando sin cesar. Tras él, acertó a ver la cámara de vídeo ardiendo en una pequeña hoguera.

—Deja que nos vayamos.

—¿No entendéis nada verdad? ¡Los juncos están cabreados, los guijarros mueren de dolor y sus lágrimas cantan la nana de la pena negra! Pero vosotros no entendéis nada. ¡Estáis sordos, ciegos!

—Solo estábamos trabajando, no pretendíamos molestarte.

—¿Molestarme a mí? No solo me molestáis a mí. Mis pies están conectados al suelo como las raíces de un árbol. Y vosotros os sentís ajenos a la hierba que brota desnuda e indefensa. Mis pies son llanuras, pantanos y montañas, son rocío y son huesos, mis pies sois vosotros.

—Por favor, no nos haga daño… —El cámara comenzó a llorar desesperadamente, mientras el ermitaño jugueteaba lanzando sistemáticamente una piedra al aire con su mano derecha.

—¿Eso que sientes es miedo? ¿A caso sabes lo que significa el miedo? ¿A caso sabes lo que significa sentir algo que no esté dentro de vuestro círculo vital humano?

—Comprendemos su frustración. Lo sentimos de verdad. Ahora sabemos cómo se siente, y el daño que le ha podido causar nuestra intromisión. Le pedimos disculpas, pero déjenos ir, por favor.

Entonces la cara del ermitaño se colocó a escasos centímetros de la del emisor del mensaje.

—¿Sabes cómo me siento, dices? Mira, Rama Negra, yo me emociono cada vez que el sol resquebraja el horizonte. Me vuelvo mustio en otoño, perezoso en invierno y alegre en primavera. Yo pido perdón por cada vez que aplasté un insecto sin razón alguna, y siento estrujarse mis sesos contra el suelo frío al igual que los suyos. Yo noto el trasegar del agua desde la boca al estómago. Soy consciente de que robo vida de un pez para conservar la mía. A veces, me quedo horas inspirando y expirando aire solo porque me apasiona saber que cada suspiro puede ser el último. Lloro cuando la luna llena se refleja en el río, tiemblo de miedo cuando la tapan las nubes, y río a carcajadas cuando veo a dos cervatillos jugando. Y tú, Rama Negra, ¿cuánto tiempo hace que no sientes nada?

De repente el hombre extraño echó a correr hacía la hoguera, cogiendo un palo que ardía por el otro extremo dándose la vuelta con la cara desencajada.

—Vosotros sois como la ramita ardiendo que termina arrasando mil bosques, la faz rajada de la avaricia. Yo quise alejarme, y multiplicarme en verde, azul, marrón y blanco. Pero tuvisteis que venir a romper nuestra paz… Rompisteis la única paz que me ataba al mundo, rompisteis la paz que al mundo ataba, lo rompisteis todo. Una milésima parte de la culpa recae sobre vuestras inmaculadas espaldas. Y pagaréis, ya lo creo que pagaréis…

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SACO DE IDEAS

Aquel día no sabía de qué escribir, no sabía en qué pensar, qué hacer. Solo me limité a dejar fluir la mierda del cerebro hasta el lápiz sin ningún tipo de filtro, a ver si así podía quitar el nudo que se aferraba a mi garganta riéndose de mí por mi absoluto fracaso general:

Comencé transcribiendo lo que me dictaban las feroces arañas que caían del techo, con cien mil ojos y tan solo una pata. Se comenzó a resquebrajar el cielo, y yo, me senté a verlo con mis palomitas y mi tercio mientras mis parientes corrían sin sentido de un lado hacia otro gritando y agitando los brazos enloquecidamente. Un coro de bombillas fundidas entonaban graznidos casi imperceptibles que agotaban mi energía. A continuación se me cayeron los brazos y las piernas, intenté chillar pero en este instante salieron de mi boca tres duendecillos verdes saltando a la comba con mis cuerdas vocales. Intenté reptar con todas mis fuerzas para ponerme a salvo en el hueco que se formaba en las raíces de un árbol gigantesco, cuyas ramas se mezclaban con las nubes. Pero cada vez que yo avanzaba, el árbol se arrastraba más lejos, el muy hijoputa.

Empezaron a llover alfileres. Yo me tumbé boca arriba a disfrutar del espectáculo mirando el cielo de color amarillo escupiendo cientos de miles de alfileres. Me quedé ahí hasta que una mano de color púrpura agarró el horizonte para poder asomar la cabeza. El sol púrpura era magnífico, pero no tenía luz propia, así que murió seis veces antes del amanecer. Pero siempre elegante, con sus cortinas delante para disimular su exceso de colesterol.

Yo me entretuve contando las margaritas que nacían de mis miembros caídos hasta que noté un picor en la entrepierna. Examiné la zona y me di cuenta de que también me había nacido una flor en el pene. Mi respiración comenzó a acelerarse, pues la flor crecía y crecía sin parar. Llegó a hacerse del tamaño de un balón de fútbol. Yo tenía unos treinta y tantos. ¿Cómo iba a vivir alguien más de treinta y tantos? Era prácticamente imposible. Pronto moriría, la flor lo indicaba claramente, así que comencé a preparar mi entierro, en el que, por supuesto, mis cinco extremidades floridas tuviesen mucho protagonismo.

Mi cerebro lo metí en un bote de conserva y lo tiré al mar más próximo, pues parece que no quería participar en mi muerte (por cierto, el mar lo había fabricado yo mismo días atrás con un gargajo, fruto de la acumulación de saliva en mi depósito bucal durante años). Junto a él puse dos grillos, de distinta especie para que se centraran únicamente a seguir mis órdenes sin distracciones sexuales. Dichas órdenes no eran otras que transmitir un mensaje de paz y armonía al que encontrase el bote.

Así salvé el mundo, o una parte de él, prescindiendo de mi pequeño, inmaduro e insano saco de ideas.

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3×1 (RELATO NAVIDEÑO)

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Era finales de diciembre y, siguiendo las instrucciones, entré en el restaurante y me senté estratégicamente en la mesa más cercana a la puerta de atrás (el establecimiento tenía una entrada principal justo en el lado opuesto). Se estaba calentito ahí dentro. La verdad es que el sitio era bueno, ¡qué digo bueno! Era espectacular. Hasta las camareras parecían haber salido de algún casting de modelos. Estaba todo decorado, muy navideño, con lucecitas y papá noéles colgados por todos sitios. ¡Definitivamente, era mi día de suerte!

Como era de esperar, comencé  a acaparar todas las miradas. Era temprano y solo había un par de mesas ocupadas a parte de la mía. Me dijeron que me pusiese la peor vestimenta que tuviese, y que no me excediese con la higiene. Llevo viviendo en la calle desde hace unos diez años, a lo mejor se piensan que en esta maleta con las ruedas rotas guardo un par de trajes de Armani… ¡Pues claro que no iba a ir de gala!

El plan consistía en intentar llamar la atención y comer lento para hacer tiempo. Esto último era lo más difícil, pues tenía un hambre atroz.

Como estaba previsto, cuando vino el camarero, le pedí la bebida y le dije que todavía no sabía qué iba a tomar, para poco después pedirle el menú del día, el más barato. Incluso tuve el honor de ser atendido por el dueño del lugar, aunque parecía tener más prisa por despacharme a mí que al resto de sus clientes.

Ya se comenzaba a ver más movimiento y, de repente, ahí estaban esos tres. Venían de traje, bien peinados y afeitados. Se sentaron al otro extremo del restaurante, en la mesa que se encuentra pegando a la entrada principal. No tardaron en comenzar a pedirse lo mejor que había en la carta, escogiendo incluso alguna sugerencia del cocinero, sin reparar en gastos.

Yo seguía comiendo muy lento, manchándome la cara y las manos, y dejando el mantel perdido. Cuando se me acabó la bebida pedí varios vasos de agua. Los tres individuos del fondo seguían poniéndose hasta arriba de beber y comer. Yo debía esperar y terminar más o menos a la vez que ellos. Estaba todo buenísimo. Seguía teniendo hambre, pero decidí pedirles que me pusieran para llevar el último plato.

La clave estaba en los postres. En cuanto ellos pidieron el postre yo me levanté de la mesa haciendo un ruido terrible con la silla. Todos los camareros, y en especial el dueño, me observaban atentamente, incluso el resto de clientes estaban deseando ver mi siguiente movimiento. Entonces introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un cigarro a medias y un mechero. Mi actitud era de normalidad, actuando como si nadie me observase, aunque la realidad fuese totalmente contraria. Me dirigí a la puerta con el cigarro en la boca, hasta que el dueño salió a mi encuentro.

– Señor, usted no ha pagado su cuenta.

– No le he pedido la cuenta aún. Es que me gusta fumarme un cigarro antes del postre.

– Pero usted debe abonar la cuenta antes de salir del restaurante. No se lo tome a mal, es que nos ha pasado varias veces…

-¿Es que cree que me iré si pagar? -grité, dando un paso hacia él con todo el mundo pendiente de la escena. -¡Bien, pues póngame el postre para llevar también y dígame qué se debe! ¡Esto es una vergüenza!

Me dirigí  a mi mesa y saqué del bolsillo del pantalón los 18,50 euros exactos que costaba el menú. Mientras el dueño cogía el dinero rápidamente, dándome mi flan casero en un vaso de plástico, se acercó un camarero por detrás.

-¡Jefe, jefe! Los de la mesa uno se han ido.

-¿Cómo que se han ido?

Alcé la vista y vi las tres sillas vacías al otro lado del establecimiento. Me di la vuelta y salí tranquilamente.

No volví a ver a aquellos tres granujas que me invitaron a un menú en aquel gran restaurante. A mí me gusta recordarlos como los tres reyes magos, y la verdad es que hacía mucho tiempo que nadie me regalaba nada, menos aún para estas fechas. A los pocos días me enteré de que habían dejado una nota en la mesa al irse: “El jamón un poco seco. Por lo demás, todo riquísimo. ¡Feliz Navidad!”

JARRY EL SUCIO

“Solo tengo que apretar muy fuerte para cagarme encima.”

“¿Pero qué mierda de idea es esa?” respondió Bill.

Y Jarry se apretó con tanta fuerza que se le puso el rostro morado. Parecía que iba a explotar en cualquier momento.

“¿Se ahogará?” le preguntó un policía al otro.

“Este tío está fatal.”

“Oiga señor, para cagarse encima no hace falta que deje de respirar.”

Pero Jarry seguía insistiendo en su intento de salir airoso de aquella situación.

“Tío, Jarry, solo es una multita de nada, me estas asustando,” dijo Bill tocándole el hombro a su amigo con todo el tacto del que disponía.

De repente se oyó un estruendo grandísimo, la Tierra se inundó de color ocre, bastante marrón. La vegetación se secó en un instante, como si hubiese sido fulminada por las llamas. La pura imagen del infierno se presentó a las puertas de la humanidad y entró sin llamar. El aire era espeso, más que el humo, era como neblina amarillenta y grisácea.

“¡Me cago en su puta madre, está podrido!” soltó el policía más alto, mientras se tapaba el rostro con las manos.

“Voy a vomitar,” añadió el otro madero, más veterano (calvo y con bigote), dándose media vuelta y poniendo su tronco en ángulo recto con sus piernas. Su mano derecha se adhería a su boca mientras una tremenda arcada le llegaba desde el estómago a la garganta. “Hay que detenerlo,” acertó a decir casi sin poder girar el cuello para mirar.

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“Se ha cagado encima. Al coche no lo meto.”

“Ponle la multa aunque sea.”

“Parece que no aprenderéis nunca…” dijo Jarry. Entonces cerró los ojos con fuerza justo después de absorber todo el aire que le cogía en los pulmones.

“Tío, en serio, esto no mola,” soltó Bill mientras ponía su mano entre él y su amigo, como si se tratase de una barrera imaginaria. “¡Estamos en un parque. Ahí hay una madre que corre con su pobre niño en brazos huyendo de la puta bomba nuclear que acabas de soltar!”

A Jarry le temblaban las piernas de una manera altamente preocupante, al igual que los brazos, que acababan con los puños apretados. Sus dientes se comprimían entre sí fuertemente y de su frente manaban un sin fin de gotas de sudor, formando en conjunto un rostro más colorado que la cresta de una pava.

“¡Boooom!”

Otro cataclismo apoteósico secó el aliento de todo ser vivo a menos de doscientos metros a la redonda.

“¡Arreste a ese loco!” acertó a decir el poli calvo.

“¿Cómo? ¿Que he cagado poco?” respondió Jarry dando un paso al frente hacía los agentes, que luchaban contra su propio organismo por no vomitar.

“¡No, no! De acuerdo, vámonos. No nos pagan lo suficiente como para aguantar esto. Es insoportable, ¡está loco!”

Los dos agentes de policía salieron andando a paso bien ligero en dirección contraria, uno junto al otro echando la vista atrás. Dejando tras de sí un fondo anaranjado con humo, y delante, dos figuras: una jadeando por el esfuerzo, y la otra, con una rodilla en el suelo y la cabeza apoyada en el brazo, luchando por sobrevivir.

“Es infalible.”

Bill levantó la vista, enrojecida y húmeda hacia su amigo. “Te juro por Dios que si vuelves a hacer eso yo mismo cogeré la porra del madero y te partiré las putas piernas,” acertó a decir, mientras se incorporaba y se marchaba con angustia en el rostro, dejando tras de sí la sonrisa satisfecha y pícara de Jarry.

PALOS Y ASTILLAS

En el desván había un cofre antiguo grandísimo, de madera, con motivos florales en dorado ya dañados por los años. El problema era el candado. El ser humano es como es gracias a la conjunción entre curiosidad y prohibición. Mi madre siempre me dijo que la llave estaba perdida y que ese cofre debería de estar en el basurero, lo que yo siempre intuí como una manera sutil de pedirme que viviera como si el cofre no existiese. Pero mi condición humana hizo que la curiosidad creciese, haciéndose insoportable en los últimos años. Es como si el cofre me atrajese hacia él sin dejar que mi cerebro se ocupase de otra cosa. Llegué a obsesionarme con la idea de encontrar la llave, probando todas las que encontré por casa y por casa de familiares cercanos. Pero a veces la solución más sencilla se encuentra delante de nuestras narices, y por estar encabezonado en encontrar una llave, nunca vi la posibilidad de prescindir de ella, hasta que mi hermano perdió la llave del candado de su bicicleta y decidió romperlo con una cizalla. Lo que provocó que en una media hora tuviese yo el cofre abierto.

Al alzar la tapa parecía que el corazón se me iba a salir por la boca. Aunque mis expectativas se vieron mermadas por la austeridad del descubrimiento, pues en mi mente se había proyectado la ilusión de un cofre repleto de tesoros antiguos, pero en un primer vistazo solo encontré tres manuscritos viejos y un montón de bolígrafos gastados. Aunque al hacer un examen más a conciencia también pude ver un tarro con tinta roja seca y una pluma. En la primera página de los manuscritos solo se podía leer un nombre y unas fechas (supuse que se trataba del seudónimo del escritor y las fechas en las que redactó dichos manuscritos). Rápidamente los cogí y me dirigí a mi habitación.

Comencé a leer el primer tomo con la luz tenue del flexo proyectada desde el cabecero de la cama. Normalmente cojo el sueño leyendo, pero cuando me vine a dar cuenta, por las rendijas de la persiana ya se dejaba ver el lento fluir del sol. Me quedaban 7 páginas para terminar el primer manuscrito, pero tenía que marcharme al instituto, así que lo dejé bien escondido junto a los otros dos y salí del cuarto.

El caso es que ni durante el trayecto al instituto ni durante toda la mañana pude quitarme de la cabeza aquel perturbado personaje que protagonizaba este escrito número uno. Se trataba de una descripción tan cruda y fiel de los sentimientos de una persona que no me dejaba levantar la vista de los folios. Jamás había experimentado esta afinidad hacía un personaje de ficción. Necesitaba saber más.

Al llegar a casa fingí dolor de estómago y subí a mi cuarto a toda prisa, y sin probar bocado devoré las últimas páginas del primer tomo para empezar el segundo de inmediato.

El corazón se me iba a salir del pecho al comprobar que el protagonista, con el paso de las páginas, adquiría una actitud más violenta hacia sí mismo. Notaba como cada vez se iba centrando más en sus problemas internos, adquiriendo un tono de odio hacía su propio yo tremendamente intenso. Todo esto mezclado con pequeños episodios, digamos “psicóticos”, que se hacían más frecuentes, presentados como pequeñas pesadillas surrealistas llenas de monstruos y fantasmas descritos con todo tipo de detalles.

A veces escuchaba a mi madre tocar la puerta para preguntar si me encontraba bien. Esto me irritaba de una manera extrema, aunque yo solo contestaba que sí, sin dar a entender mi frustración para no preocuparla y así no extender demasiado las interrupciones.

Al rato noté que me empezaba a molestar la luz y cerré las persianas. Puse toallas en la rendija que quedaba en la parte inferior de la ventana y también debajo de la puerta, dejando como único foco la luz de la bombilla, a la que en las últimas horas veía como mi única compañía en este mundo. Me fui encerrando cada vez más en la lectura, saliendo de la habitación solo para ir al baño y para decirle a mamá que me encontraba mal y que me dejase descansar. Destrocé el reloj que había en mi mesita de noche, puesto que no podía soportar ese asqueroso y rutinario tic tac. Descuarticé pieza a pieza a ese bastardo, disfrutando profundamente el momento en el que doblaba sus manillas hasta quebrarlas finalmente. Ya no tenía concepción del tiempo, ni siquiera del espacio, gracias a que la oscuridad hizo que me olvidara de lo que había más allá de la penumbra, o puede que sencillamente no me interesara. Solo quería saber más sobre este peculiar personaje cuyo nombre no se rebelaba, y con el cual, empezaba a sentirme extrañamente identificado.

Una vez empecé el tercer manuscrito ya ni era consciente de estar leyendo. Palabra por palabra se me inyectaban en la sangre y las sentía tan mías como si fuese yo mismo quien pronunciase el discurso, ahora claramente suicida y difuso en su contenido, pues las paranoias se me aparecían como imágenes ante mis ojos a través del foco de oscuridad que me envolvía. Ya no diferenciaba bien la realidad de las visiones que me provocaba la lectura. De vez en cuando escuchaba golpes y gritos de alguien conocido, pero eran como ecos fugaces.

En este último escrito, la tinta cambiaba el color azul del bolígrafo normal por un color rojo sangre, que parecía estar realizado con el tintero y la pluma que encontré en el fondo del cofre. Además, el trazo de la caligrafía era ya difícil de descodificar debido al tembleque de la mano del autor. Tembleque que se citaba en el texto. El contenido parecía tornarse sumamente autobiográfico, pues, por momentos, se comenzaba a narrar en primera persona.

Los ojos se me inyectaban en sangre, los párpados me dolían de tanto abrirlos, y las uñas rasgaban las sábanas hasta llegar al colchón, que ya se deshilachaba de la presión. Mis glándulas sudoríparas trabajaban a fuego para producir el líquido que al deslizarse helaba mi piel; mi cuerpo, semidesnudo, trataba de contrarrestar los intensos escalofríos, que más que escalofríos parecían convulsiones; mis oídos se encontraban taponados, o quizá fuese sordera. El caso es que al leer se escuchaban tremendo golpes y gritos, pero muy alejados. Yo no prestaba atención, pues me faltaban escasas líneas para terminar la agonizante lectura. Escasas líneas que citaré textualmente:

Ya no me quedan fuerzas, ni sangre en las venas para alimentar esta pluma podrida e inmunda. Mis brazos ya no aguantan más agujeros ni heridas que goteen dentro del tintero. Se me acaba la tinta, y por lo tanto, se me acaba la vida. Por eso, en un último momento de lucidez, pido perdón a mi esposa por lo que estoy a punto de hacer. Estos escritos demuestran que mi tormento mental tritura toda esperanza de felicidad hacia ella y mis dos hijos, que están a punto de abrir sus ojos a este mundo hipócrita y maldito, que yo no pude soportar. Solo pido que mis vástagos no hereden ni un ápice de mi triturado cerebro, y si Dios existe, que lo sabré pronto, tendrá que pedirme perdón eternamente por no dejarme disfrutar convencionalmente de mi vida y de mis astillas, que ahora crecerán sin mí, en paz.

De repente se abrió la puerta y un foco de luz entró enturbiando mi vista. En ese instante volví a recuperar el oído, escuchando a mi madre gritando “¡Noo!” mientras lloraba desconsoladamente sin quitar la vista de los manuscritos y de mi estado semihipnótico. Mi hermano entró al cuarto encendiendo la luz. Los ojos me lloraban cercados por unas voluminosas ojeras, los extremos de mis manos sangraban y mis tembleques no dejaban de acosarme. Mi hermano ya no parecía mi gemelo. Se volvió hacia mi madre y luego hacia mí sin comprender. Entre sollozos y balbuceos acerté a comprender a mi madre diciendo: “¡Tenía que haber quemado esos malditos escritos, los tenía que haber quemado!”.