EL ENEMIGO DE TOMASILLO (RELATO NAVIDEÑO)

Era invierno y como cada 24 de diciembre, la familia se reunía en la casa de la abuela Encarna, en el pueblo. Ella, como siempre que había alguna función en su hogar, se desvivía corriendo de acá para allá para que todos los presentes estuviesen en total y completo bienestar.

En un extremo de la mesa donde se iba a servir la cena se encontraba Tomasillo, con 7 años de edad, apoyando el codo en la mesa y el puño en su barbilla. Mantenía el ceño fruncido mientras observaba a sus primos corretear por el pasillo jugando con una pelota hecha de papel de plata que les había dado el tío Fidel, que estaba siempre gastando bromas y solo quería que los críos dieran el follón a las mujeres, que esquivaban a éstos con los platos y los vasos, riñéndoles sin obtener mucha respuesta.

El padre de Tomasillo estaba también sentado en la mesa junto al tío Fidel discutiendo sobre fútbol, como siempre.

El abuelo Ramón se encontraba sentado en el sofá echado hacía atrás, intentando mirar la televisión. Tenía su típica cara de renegado, aunque un poco más acentuada, ya que a su lado estaba el tío Josele con su guitarra cantando sus canciones antiguas de todos los años. “Tu hermano es muy cansino con el guitarro. Alguien debería decírselo”, decía siempre el padre de Tomasillo a su madre.

—Voy a por una cerveza, te traigo una—. El tío Fidel se levantó  y al pasar por al lado de muchacho le dijo al oído:

—Este año te has portado regular, me han dicho. A lo mejor Papá Noel no te trae nada.

El niño se le quedo mirando sin responderle.

—¿Y las notas de la escuela? ¿Has suspendido unas cuántas no? Vaya un bicho estás tú hecho- y se marchó restregándole el pelo con su mano con fuerza. Éste le respondió con una patada que no llegó a su destino.

Y era verdad. Tomasillo se había portado realmente mal: pegaba a los niños en clase, sacaba malas notas, se escapaba de casa y se había vuelto terriblemente malhablado. Incluso, recientemente había estado castigado por tirarle un polvorón a la cabeza al dueño del bar del pueblo, supuestamente porque éste le había vendido una bolsa de gusanitos abierta.

La cena transcurrió con total normalidad. Los mayores ya estaban con las copas y los niños revoloteaban por toda la estancia. Todos menos uno: Tomasillo.

De repente se escuchó un ruido por la zona de la cocina.

—Mamá, mamá, ¿es Papá Noel, a que sí?

Efectivamente, como cada año, Papa Noel hacía su entrada triunfal por el pasillo con un saco lleno de regalos para los niños.

—¡Jo, jo, jo! ¿Cómo estáis niños?

Entonces, por primera vez en toda la noche, Tomasillo se levantó dirigiéndose hacia el personaje mágico que acababa de entrar. Pero en vez de darle un abrazo o algo así, como se esperaría, pasó a su lado sin mirarle siquiera y cruzó el umbral de la puerta hacia las habitaciones. Los demás niños estaban como locos y los padres aplaudían, así que aquel detalle pasó algo desapercibido. Tampoco dio mucho tiempo a darle importancia, pues a los pocos segundos, el pequeño apareció de entre las sombras del pasillo con un pequeño bate de béisbol que tenía del Real Madrid agarrado con ambas manos y cargado detrás de su cabeza listo para mandar la bola fuera del estadio. Pero no era una bola lo que quería golpear Tomasillo. El niño le metió un primer estacazo a la altura de la rodilla que sonó como si le diese al marco de la puerta. Papa Noel cayó sobre esa rodilla con un grito ahogado, ante el estupor de los presentes, para seguidamente recibir otro tamarazo en las costillas.

—¡Será cabrón el niño!— acertó a decir Santa.

—¡Cabrón tú, gordaco! ¡Menos morcillas y más regalos!— respondió el chico mientras lo cogía su madre por la cintura para arrastrarlo a la cocina.

—¡Y espérate que no salga a apedrear a la mierda de renos que tienes ahí fuera!

Este año, Tomasillo había sido desastroso. Decir que había sido un niño travieso habría sido quedarse corto. Muchos habrían dicho que no se trataba del mismo niño con respecto al año anterior: sacaba buenas notas, ayudaba a su madre en casa, nunca contestaba mal… Era todo un ejemplo.  Sin embargo, en casa fue un año difícil. Su padre se había quedado sin trabajo y vivían con el sueldo de la madre. Llegaron las navidades y todos pensaron que sería mejor, dadas las circunstancias, regalarle al niño solo cosas a las que le sacase utilidad. Había pedido una bici nueva, pero Papá Noel trajo a Tomasillo una flauta para el colegio y una peonza. Los demás regalos fueron piezas de ropa, así que no les hizo mucha cuenta. ¿Una peonza? ¿Qué era esto, una broma de mal gusto? Había sido todo lo bueno que se podía ser y el puto gordo ese, como él le llamó a partir de entonces, le trajo una flauta y una peonza… ¿En serio? Desde ese 24 de diciembre hasta el siguiente 24 de diciembre, Tomasillo, corrompido por el sabor de la venganza más extrema junto con el dolor intenso de la traición de un ídolo, pasó el año contando los días para volver a ver a su enemigo.

El niño, después de hablar con su madre, entró mucho más calmado. Ella le había convencido de que Papá Noel no era malo y que pudiera ser que este año le trajera algo bonito para que mejorase su actitud.

Su prima María sostenía una sonrisa brillante mientras recibía los regalos. Ya solo quedaban su primo Juanito y él para la entrega, y él se acercó.

Como hemos dicho anteriormente, al tío Fidel le gustaba gastar bromas y decidió encargarle a Papá Noel que le diese algún regalo de poca importancia fingiendo que era el único, para después darle los verdaderos. Así se llevaría una pequeña lección por su mal comportamiento. Su madre, tal y como vio al niño, quiso, a través de señas, abortar dicha misión, pero Santa, quizás por venganza por los palos recibidos o simplemente por falta de atención siguió con el plan.

—Bien muchacho, acércate. Olvidemos lo ocurrido—, dijo recuperando su voz grave. A lo que asintió el niño con la cabeza acercándose.

—Me consta que este año has sido muy travieso, señorito. Así que no podrás quejarte si los regalos no son lo que esperabas.

El chico, en son de paz, asintió de nuevo.

—Encima has agredido a Papá Noel…

A partir de ahí, el discurso adquirió un tono guasón que no gustó mucho al muchacho.

—Aun así te he traído una cosilla que sé que te gustará.

Los ojos del niño se volvieron a iluminar. Además, en el saco parecían quedar bastantes regalos por el volumen de éste y solo quedaban Juanito y él. Pero del saco salió una cajita pequeña… ¿Qué podría ser? No recordaba haber pedido nada tan pequeño. Además sus esperanzas de que no fuese el único regalo se esfumaron después de que su primo Juanito fuese llamado para recoger los suyos. Pero Juanito no se movió debido a su curiosidad por saber el regalo de su primo. Éste abrió el envoltorio. Todo el mundo le miraba.

“¡Otra peonza de mierda”, pensó el niño clavando su mirada en el barbudo anciano. Su sangre hervía como un volcán. Miró la peonza, volvió a mirar al barbudo, y explotó. Tomasillo se lanzó con las uñas hacia la cara del odiado individuo como un gato arrinconado. El ataque fue enérgico pero poco efectivo, quitando el primer zarpazo que casi le saca un ojo a su, ahora sí, enemigo mortal. Esta vez fue su padre el que le cogió de un puñado: -¿Es que estás tonto?- En ese momento, Tomasillo levantó la vista y al fondo de la escena vio al abuelo Ramón llorando de risa en el sofá. Se restregaba los dedos en los ojos quitándose las lágrimas e intentando que no se oyesen sus carcajadas. Hacía años que no veía al abuelo reírse y nunca en su vida de esa forma. El niño sabía perfectamente porqué se reía el abuelo y eso le consoló, ignorando el tremendo cabreo de su padre. Alguien estaba de su lado.

El año anterior, justo después de esas fatídicas navidades de la flauta y la peonza, oyó decir al abuelo, el cuál no se había percatado de su presencia, que Papá Noel era un invento de los americanos, que nos comían el terreno cultural. Primero jodiendo la noche de los santos con el “jalogüím” ese y ahora las navidades con el panzón ese que se viste de rojo. Y que aquí, “de toa’ la vida han sio’ los Reyes Magos, ¡coño!” Y culminaba el encorajado discurso con su característico golpe con el vaso de vino en la ya desportillada mesa.

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