CLAUSTROFOBIA “VEGETAL”

El bosque tenía un follaje espeso. Tan espeso que el cielo era inaccesible a mis ojos y lo más lejos que podía ver eran escasos metros delante de mí. Las plantas eran extrañas, con las hojas parecidas a manos humanas. El suelo era blando, aunque no llegaba a hundir mis pies en él. El aire era espeso y húmedo, cargado de vaho.

Mientras caminaba sin ningún tipo de rumbo, empecé a sentir que los elementos y yo éramos uno solo en continuo movimiento. Los trazos de mis pasos modificaban la maleza, que cada vez era menos frondosa.

Desorientado, al fin, llegué a un claro. A una mancha de aliento entre tanta claustrofobia vegetal. Mi mirada se congeló en el suelo al comprobar que había pisado lo que en principio parecía un cráneo que permanecía semienterrado en el suelo. Era de tamaño menudo, ¿podría ser de un niño?

Este primer pensamiento me hizo dar un pequeño salto hacia atrás y posé mis ojos al frente. ¡Estaba en lo cierto! Había cientos de ellos. ¡Eran personas, de todas las edades y sexos brotando literalmente de la tierra! Sus cuerpos estaban ensangrentados y desnudos. Acogían las más variopintas posiciones, como si de un árbol se tratase. La anciana que se encontraba a unos 5 o 6 metros de mí en diagonal hacia la izquierda se contorsionaba hacia atrás alzando su mando derecha hacia el cielo, mientras su mano izquierda se retorcía hacia su espalda. La tierra le llegaba a las rodillas.

Me fijé y había pequeñas acequias en las que corría algo que yo identifiqué como sangre. Alguien o algo ha hecho esto. ¡Alguien o algo está cultivando personas!

La luz era tenue, pero mi curiosidad y el tiempo que llevaba en aquel claro agudizaron mi visión. Los rostros estaban desiertos. No había rasgos. No había boca, ni ojos, ni nariz… nada. Lo que sí acertaba a ver era un número a la altura de la frente, de muchos dígitos.

Entonces, noté un pequeño empujón en la espalda que provocó en mí un miedo electrizante que recorrió todos mis huesos. Con el sobresalto no me di cuenta de que al mismo tiempo algunas “personas-planta” se empezaron a mover, o mejor dicho, a vibrar. El aire soplaba tras de mí y las hojas de los árboles repiqueteaban a mi alrededor junto a las extremidades de esas “personas”.  Algunos, incluso parecen sufrir convulsiones.

Noté, en uno de ellos, más actividad que en el resto. Era un adolescente de pelo rubio ondulado que había sacado una pierna de la tierra y con sus manos estaba tirando de la otra que le quedaba atrapada. Algo no me olía bien y di unos pasos hacia atrás con la intención de esconderme. El chico finalmente escapó y comenzó a correr desorientado, preso de la angustia, chocando constantemente con sus semejantes. A pesar de estar paralizado, pensé en ayudarle. Di un paso al frente, pero me frenó un sonido. Un grito o chillido tan agudo que dolía al escucharlo. Parecía provenir de distintos sitios. Puede que distinguiera 2 o 3 distintos en aquel momento.

No recuerdo bien los siguientes acontecimientos, pues fueron muy rápidos y la adrenalina de mi cuerpo no me dejaba digerirlos con la objetividad suficiente. La cuestión es que se abrió la frondosidad del cielo y entró una especie de ave gigante de color oscuro con unas garras, creo recordar, desproporcionadamente grandes, plateadas al igual que su pico, reluciente y astillado, como con dientes. Fueron décimas de segundo lo que tardó esa bestia en despedazar al muchacho y fue poco más lo que tardaron en entrar en escena 2 aves más, y luego otra. Peleaban por un trozo de comida casi insignificante si lo comparamos con sus envergaduras. A mi lado saltaban sangre y vísceras. Vomité considerablemente y entre mis ojos llorosos por el esfuerzo vislumbré la cabellera rubia del muchacho a escasos centímetros de mí, con su número a penas visible por los zarpazos. Fijé mi vista un poco más y vi desintegrarse dicho número al mismo tiempo que me venía un tremendo dolor de cabeza. La vista se me nubló de repente. Me costaba respirar. Era como si se me taponasen los oídos o se me redujeran los orificios de mis órganos faciales. El miedo y la angustia se apoderaron de mí y comencé a correr sin sentido. Lo último que escuché fue un graznido agudo y lo último que sentí fueron como 10 puñales que abrazaban mi cuerpo hasta hacerlo añicos.

pesadilla

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