EXTRA DE CARNE PARA LOS INVITADOS

— ¿Dónde está el señorito Mariano? Llevo dos días sin verlo. Qué extraño… Por cierto, ¿qué coño es esta carne? Está buenísima.

— Eh… Bueno… señor… la carne… vino un comerciante nuevo y dijo que era de un animal extraño, como exótico, no recuerdo bien el nombre. Y en cuanto al señorito Mariano, después de la revuelta en su finca cogió su caballo y salió a galope hacia el norte.

— Pues ya puedes ir recordando el animal que es porque quiero más de esto en la próxima fiesta.

— Sí, señor.

La criada se dio la vuelta con la cabeza gacha andando a paso ligero hacia la cocina. Allí asomado a la puerta la esperaba Alfredo, el sirviente más anciano de la finca.

— ¿Qué le has dicho? ¿Ha sospechado algo?

— Creo que no —contestó la muchacha frotándose las manos con nerviosismo—. Me ha dicho que quiere la misma carne para la próxima fiesta.

— ¿Qué? Madre mía, espero que se le olvide, porque si no ya me dirás cómo lo hacemos.

— Yo estoy demasiado nerviosa. Me va a dar algo. Esto no está bien. Tendríamos que haber pensado en otra solución.

— ¡Sabes que no había tiempo! Y deja de temblar. Vas a conseguir que nos maten a todos.

Por detrás de ellos, sigilosamente apareció la cocinera mirando hacia todos lados y limpiándose las manos con un trapo.

— Don Alfredo, ya he terminado de picar el resto de la carne. Voy a hacerla igual que la anterior tirada. Pero, ¿qué hacemos con los restos?

— Hay que echárselos a los cerdos. Con suerte en pocas horas no habrá ni rastro de los huesos. Y con el revuelo de la fiesta nadie se dará cuenta.

— Madre mía, ¿y no era mejor enterrarlo?— dice la sirvienta echándose las manos al rostro.

— ¿Tú sabes el tiempo que llevaría enterrarlo? Nos echarían en falta en seguida a cualquiera de nosotros. En la cocina nadie sospecha nada. Echadlo en el cubo de basura, que yo se lo llevaré a los marranos en cuanto vea el momento.

El sirviente cogió el cubo de la basura y, asegurándose de que no había nadie alrededor se dispuso a cruzar hacia las pocilgas. Al abrir la puerta se quedó sobresaltado al notar una mano en el hombro.

—¿Qué llevas ahí?

—Señorito Julián… Iba a echarles las sobras a los animales, que parece que les falta lustre, ¿no cree usted? Es… es que luego… luego viene la matanza y parece que sacamos poco provecho.

— Alfredo, Alfredo, Alfredo, viejo amigo. Tú te piensas que este que tienes en frente es tonto, ¿no? ¿Eso es lo que piensas?

— No señor, por… por supuesto que no.

— ¿Es que os ha faltado aquí de algo, Alfredo? ¿Cuántos años llevas aquí sirviéndonos?

— No… no lo sé señor. Desde que tengo memoria.

— ¿Cómo ibas a saberlo? Si no sabes ni contar. Si eres un pobre borrico de mierda.

— Pero señor, yo… Puedo explicarlo. Yo soy el responsable de todo. Los demás sirvientes solo seguían mis órdenes.

— ¿De verdad creías, Alfredo, que yo me iba a tragar la milonga esa de que los animales están hambrientos, cuando los restos os los coméis vosotros?

— No… no señor.

— Entonces deja de esconder comida por la finca y haz esa carne para mis invitados o te cortaré las manos. ¿Y sabes para lo que sirve un sirviente sin manos?

Esa última inspiración de aire le supo al sirviente más a vida que cualquier otra cosa en el mundo. Pero puso cara de arrepentimiento y contestó lo que llevaba años contestando a esa misma amenaza:

— De alimento para perros, señor.

—Exacto. Así que vuelve a la cocina y asad esa carne.

— Ahora mismo, señor. Lo siento.

Al llegar a la cocina plantó el cubo en medio y sudando dijo:

— Hay que hacer el resto de carne. Ya pensaremos que hacer con los huesos. Yo voy fuera a ver cómo van las cosas.

— Ay Dios mío…— suspiró la cocinera.

Al salir, Alfredo se detuvo en seco al escuchar la conversación que mantenían dos de los invitados que había en la fiesta. Se quedó justo en la esquina, en silencio, escuchando los susurros de dichos invitados.

— Que sí, que a don Mariano lo mataron el otro día en la revuelta. Que yo lo vi desde la lejanía. Y fueron entre los criados de éste y los de don Julián, me pareció ver. Don Mariano estaba castigando con el látigo una de las sirvientas y los demás se armaron de valor al verlo sólo. Son igual de cobardes que los perros, solo se defienden cuando son mayoría. Yo acabo de llegar, estoy buscando a don Julián, porque esta fiesta no debería haberse celebrado—. Esto último lo dijo subiendo un poco la voz y alzando la vista por encima de las cabezas del resto de invitados, como buscando.

— Señores, perdón por la interrupción, ¿buscan ustedes a don Julián?— La situación y el nerviosismo hizo que Alfredo interviniese rápidamente.

— Así es.

— Está en la cocina supervisando que todo esté en orden. Pueden ustedes acompañarme si quieren. Por favor, detrás de ustedes—, dijo señalando con la mano el camino que debían seguir.

Al entrar en la cocina, Alfredo, sin pensárselo dos veces y ante la mirada atónita del resto del servicio, le rebanó el cuello a uno y le traspasó el corazón al otro con un cuchillo de cocina que cogió nada más entrar. Los dos hombres cayeron al suelo a plomo dejando la figura de Alfredo cubierta de sangre y con el cuchillo en la mano.

La criada y la cocinera quedaron paralizadas por la escena. Alfredo secó el cuchillo con un trapo que llevaba colgado de los pantalones, levantó la mirada y dijo:

— Señoritas que sea extra de carne para los invitados.

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