5 MINUTOS

Lleva un rato con sus brazos apoyados en el marco de la ventana, con el corazón a mil por hora. Se enciende el segundo cigarro casi sin poder adherir la llama con el tabaco. Le tiemblan las manos y le dan escalofríos. Se acaba el cigarro y comienza a comerse las uñas de una manera compulsiva. Se mira los dedos fijamente, parecen muñones. De repente, cae en la cuenta, ¿y si a ella le resultan desagradables la punta de esos dedos? Esconde sus uñas cerrando los puños y seguidamente se enciende otro cigarrillo.

Son las 8.55 de la mañana y ella todavía no ha aparecido. Entra a trabajar a las 9 en punto y cada mañana él se levanta para verla pasar. Son 10 segundos esenciales en los que intenta analizar cada uno de los rasgos de su cuerpo para recordarlos y así poder seguir vivo el resto del día. A veces, ha intentado dibujarla de memoria en un papel, pero nunca fue un gran dibujante, y aunque lo fuese, ningún trazo de carboncillo de mierda sería lo suficientemente bueno como para acercarse al natural. Aunque también había pensado hacerle alguna foto sin que se diese cuenta, pero, ¿y si lo pillaba, qué pensaría de él? Además, él no quiere fotos, él lo que quiere, lo que necesita, son 5 minutos.

De repente, aparece una silueta en la esquina, ¡parece que sí es! Los dedos de él parecen tener vida propia, le cuesta respirar… Sus pasos son firmes, cada uno de ellos pisa y estruja el corazón del vigilante que se esconde entre los ángulos de la ventana. El contoneo de su pelo raja su estómago hasta dejarlo con una sensación de vacío que le corta el aliento. Ya desaparece por el umbral de la puerta de la frutería donde trabaja. Cada vez se le hace más corto…

No sabe qué hacer, es una sensación desesperante. No es capaz de controlar su mente. Sus pensamientos se dedican de principio a fin a recordarla, a imaginarse con ella, a preparar lo que le diría si le concediese sólo 5 minutos de su tiempo. Lo que ella no imagina es que él moriría por esos 5 minutos, mataría por esos 5 minutos. Cambiaría cualquier cosa por estar ese corto período de tiempo junto a ella, aunque no pudiera tocarla. Recuerda aquella vez que se lo contó a un amigo y éste le respondió lo que toda esta sociedad infectada y asquerosa respondería: “tú lo que quieres es follarte a ese bombón”. A partir de ese momento decidió no volver a hablarle a nadie sobre su particular obsesión con la chica de la frutería.

Por la tarde suele bajar a comprar fruta, aunque realmente nunca la come. Tiene fruta por todas partes. Siente que eso le vincula un poco más con ella, pues se encuentra rodeado de los elementos con los que se rodea ella la mayoría del tiempo. Es una especie de conexión espiritual que se ha inventado. Tampoco se atreve a tirarla hasta que no está bien madura y y comienzan a aparecer los mosquitos, pues es lo único que recibe directamente de sus manos. Tiene manzanas encima del sofá, naranjas en el fregadero, platanos encima de la tele, peras en las sillas, uvas en las lámparas…

Ahora se dispone a bajar como cada día. Lo pasa realmente mal. Comienza a dar vueltas de un lado a otro para convencerse. Está al borde del ataque, ya que hay veces que recibe la fruta sin siquiera una mirada. Él quiere que lo mire, que sepa que existe, que existe por y para ella, y cuando eso no ocurre se sube a su cuarto a darle vueltas a ese pequeño gesto tan insignificante para muchos pero tan significativo para otros.

Sólo 5 minutos.

Las luces hacen que su piel brille, y que sus rasgos cojan un tono angelical al alcance de nadie. Hoy casi da un salto de alegría al salir de la tienda. Al darle la bolsa sus dedos se han rozado. Pero tampoco se ha atrevido a decirle nada. ¡Maldito cobarde!

Se levanta temprano como siempre. Parece respirar nicotina en vez de oxígeno. Los nervios no le dejan hacer otra cosa. Ya van 2 días que no aparece. ¿Estará de vacaciones? Intenta convencerse de ello con todas sus fuerzas, pero, ¿y si no es así? ¿Y si se ha ido y ya no vuelve a verla?

Pasan 3 y 4 días y sigue sin venir. Las ojeras se hacen patentes y él sin tener nada, ¡ni una foto! Solo la posibilidad de haber perdido el único contacto con ella… y solo por ser un cobarde… No se lo perdonaría nunca.

La rabia contra sí mismo se traduce en golpes de nudillo contra el moviliario. No puede seguir con esta incertidumbre que le aprieta el cuello, y en un acto instintivo coge las llaves y cierra la puerta tras de sí. Baja las escaleras como alma que lleva el diablo, atraviesa la calle y se adentra en la frutería. Como poseído aparta a la mujer que hay frente al mostrador.

— Usted… Usted sabe dónde está. ¿Porqué ya no viene?

— ¿ De qué coño está hablando? ¿Y porqué irrumpe así en mi frutería?

De repente se da cuenta de sus actos, se da cuenta de que estaba fuera de sí, sin control. Mira alrededor, captando las miradas de las personas que esperan para comprar.

—Eh… Yo solo… Perdone, solo quería preguntarle por la muchacha que trabaja aquí.

—Ya no trabaja aquí. Dijo que quería montar su propia frutería.

El corazón le dio un vuelco que le paralizó unos instantes hasta que por fin pudo reaccionar.

—¿Y no sabe dónde puedo encontrarla, o su número de teléfono?

— Creo que todavía no ha abierto porque tiene mucho papeleo y tendrá que arreglar el local y todo. La cuestión es que ya no está aquí. ¿Puedo atender a mis clientes por favor?

— ¿No me puede decir aunque sea…?

— Señor, tengo clientes esperando…

— Si, perdone, lo siento.

La noticia le ha dejado atónito y confundido. No sabía qué hacer, y a cada minuto que pasaba, la desesperación y el pesimismo brotaban de su cuerpo como las raíces de un árbol creciendo hacia todas direcciones. A ratos pensaba que con el tiempo se solucionaria esa angustia que no le dejaba ser él mismo, que no le dejaba ser. Pero con el paso de los días la imagen que tenía en su memoria de la mujer perfecta se iba diluyendo y se hacía cada vez más borrosa. No lo podía soportar más. Puede que al día siguiente no recordara su rostro. ¡Moriría antes de que pasase eso! ¿Para que quería la memoria si no era para recordarla? ¿Para qué quería el tiempo si no era para gastarlo hasta volverla a ver? De repente se dio cuenta de que su vida carecia de sentido alguno, que ya nada merecía la pena, y todo por dejar pasar una oportunidad tras otra.

Sale a la calle y empieza a correr sin sentido hacia ningún sitio en concreto. Luego a caminar sin pensar en nada, con la mente en blanco, solo le sienta bien el aire fresco. Mira hacia el suelo y anda deprisa. Al doblar la esquina algo le hace alzar la vista, como un pellizco en el pecho: “Próxima apertura”. Era una frutería. Quizá… Podría ser que el destino le estuviese gastando una broma pesada, pero a pesar de ello decide sentarse a esperarla. No hay ninguna otra opción posible. No se movería hasta comprobar si era ella o no. No cometería el mismo error por enésima vez.

— Oye, perdona. Yo a ti te conozco.

Se despierta de un salto. Abre los ojos, rasgados por la molestia de la luz de los primeros claros de la mañana. Se frota la cara para espabilarse un poco. Al mirar hacia la voz que le había despertado, la luz del sol detrás de la figura que se encuentra delante de él no le deja ver. Entonces lo ve todo con claridad. ¡Está delante de él! No pudo disimular que el suspiro siguiente le supo más a vida que cualquier otra cosa en el mundo. Fue como la bocanada desesperada que se produce al salir del agua, cuando ya pensabas que te habías ahogado. El corazón le explotaba a cada segundo en el pecho.

— Si… Hola… Soy el que bajaba a comprar fruta por las tardes, y… Bueno, llevo mucho tiempo preguntándome… En fin… ¿Tienes 5 minutos?

 

 

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