SACO DE IDEAS

Aquel día no sabía de qué escribir, no sabía en qué pensar, qué hacer. Solo me limité a dejar fluir la mierda del cerebro hasta el lápiz sin ningún tipo de filtro, a ver si así podía quitar el nudo que se aferraba a mi garganta riéndose de mí por mi absoluto fracaso general:

Comencé transcribiendo lo que me dictaban las feroces arañas que caían del techo, con cien mil ojos y tan solo una pata. Se comenzó a resquebrajar el cielo, y yo, me senté a verlo con mis palomitas y mi tercio mientras mis parientes corrían sin sentido de un lado hacia otro gritando y agitando los brazos enloquecidamente. Un coro de bombillas fundidas entonaban graznidos casi imperceptibles que agotaban mi energía. A continuación se me cayeron los brazos y las piernas, intenté chillar pero en este instante salieron de mi boca tres duendecillos verdes saltando a la comba con mis cuerdas vocales. Intenté reptar con todas mis fuerzas para ponerme a salvo en el hueco que se formaba en las raíces de un árbol gigantesco, cuyas ramas se mezclaban con las nubes. Pero cada vez que yo avanzaba, el árbol se arrastraba más lejos, el muy hijoputa.

Empezaron a llover alfileres. Yo me tumbé boca arriba a disfrutar del espectáculo mirando el cielo de color amarillo escupiendo cientos de miles de alfileres. Me quedé ahí hasta que una mano de color púrpura agarró el horizonte para poder asomar la cabeza. El sol púrpura era magnífico, pero no tenía luz propia, así que murió seis veces antes del amanecer. Pero siempre elegante, con sus cortinas delante para disimular su exceso de colesterol.

Yo me entretuve contando las margaritas que nacían de mis miembros caídos hasta que noté un picor en la entrepierna. Examiné la zona y me di cuenta de que también me había nacido una flor en el pene. Mi respiración comenzó a acelerarse, pues la flor crecía y crecía sin parar. Llegó a hacerse del tamaño de un balón de fútbol. Yo tenía unos treinta y tantos. ¿Cómo iba a vivir alguien más de treinta y tantos? Era prácticamente imposible. Pronto moriría, la flor lo indicaba claramente, así que comencé a preparar mi entierro, en el que, por supuesto, mis cinco extremidades floridas tuviesen mucho protagonismo.

Mi cerebro lo metí en un bote de conserva y lo tiré al mar más próximo, pues parece que no quería participar en mi muerte (por cierto, el mar lo había fabricado yo mismo días atrás con un gargajo, fruto de la acumulación de saliva en mi depósito bucal durante años). Junto a él puse dos grillos, de distinta especie para que se centraran únicamente a seguir mis órdenes sin distracciones sexuales. Dichas órdenes no eran otras que transmitir un mensaje de paz y armonía al que encontrase el bote.

Así salvé el mundo, o una parte de él, prescindiendo de mi pequeño, inmaduro e insano saco de ideas.

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