3×1 (RELATO NAVIDEÑO)

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Era finales de diciembre y, siguiendo las instrucciones, entré en el restaurante y me senté estratégicamente en la mesa más cercana a la puerta de atrás (el establecimiento tenía una entrada principal justo en el lado opuesto). Se estaba calentito ahí dentro. La verdad es que el sitio era bueno, ¡qué digo bueno! Era espectacular. Hasta las camareras parecían haber salido de algún casting de modelos. Estaba todo decorado, muy navideño, con lucecitas y papá noéles colgados por todos sitios. ¡Definitivamente, era mi día de suerte!

Como era de esperar, comencé  a acaparar todas las miradas. Era temprano y solo había un par de mesas ocupadas a parte de la mía. Me dijeron que me pusiese la peor vestimenta que tuviese, y que no me excediese con la higiene. Llevo viviendo en la calle desde hace unos diez años, a lo mejor se piensan que en esta maleta con las ruedas rotas guardo un par de trajes de Armani… ¡Pues claro que no iba a ir de gala!

El plan consistía en intentar llamar la atención y comer lento para hacer tiempo. Esto último era lo más difícil, pues tenía un hambre atroz.

Como estaba previsto, cuando vino el camarero, le pedí la bebida y le dije que todavía no sabía qué iba a tomar, para poco después pedirle el menú del día, el más barato. Incluso tuve el honor de ser atendido por el dueño del lugar, aunque parecía tener más prisa por despacharme a mí que al resto de sus clientes.

Ya se comenzaba a ver más movimiento y, de repente, ahí estaban esos tres. Venían de traje, bien peinados y afeitados. Se sentaron al otro extremo del restaurante, en la mesa que se encuentra pegando a la entrada principal. No tardaron en comenzar a pedirse lo mejor que había en la carta, escogiendo incluso alguna sugerencia del cocinero, sin reparar en gastos.

Yo seguía comiendo muy lento, manchándome la cara y las manos, y dejando el mantel perdido. Cuando se me acabó la bebida pedí varios vasos de agua. Los tres individuos del fondo seguían poniéndose hasta arriba de beber y comer. Yo debía esperar y terminar más o menos a la vez que ellos. Estaba todo buenísimo. Seguía teniendo hambre, pero decidí pedirles que me pusieran para llevar el último plato.

La clave estaba en los postres. En cuanto ellos pidieron el postre yo me levanté de la mesa haciendo un ruido terrible con la silla. Todos los camareros, y en especial el dueño, me observaban atentamente, incluso el resto de clientes estaban deseando ver mi siguiente movimiento. Entonces introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un cigarro a medias y un mechero. Mi actitud era de normalidad, actuando como si nadie me observase, aunque la realidad fuese totalmente contraria. Me dirigí a la puerta con el cigarro en la boca, hasta que el dueño salió a mi encuentro.

– Señor, usted no ha pagado su cuenta.

– No le he pedido la cuenta aún. Es que me gusta fumarme un cigarro antes del postre.

– Pero usted debe abonar la cuenta antes de salir del restaurante. No se lo tome a mal, es que nos ha pasado varias veces…

-¿Es que cree que me iré si pagar? -grité, dando un paso hacia él con todo el mundo pendiente de la escena. -¡Bien, pues póngame el postre para llevar también y dígame qué se debe! ¡Esto es una vergüenza!

Me dirigí  a mi mesa y saqué del bolsillo del pantalón los 18,50 euros exactos que costaba el menú. Mientras el dueño cogía el dinero rápidamente, dándome mi flan casero en un vaso de plástico, se acercó un camarero por detrás.

-¡Jefe, jefe! Los de la mesa uno se han ido.

-¿Cómo que se han ido?

Alcé la vista y vi las tres sillas vacías al otro lado del establecimiento. Me di la vuelta y salí tranquilamente.

No volví a ver a aquellos tres granujas que me invitaron a un menú en aquel gran restaurante. A mí me gusta recordarlos como los tres reyes magos, y la verdad es que hacía mucho tiempo que nadie me regalaba nada, menos aún para estas fechas. A los pocos días me enteré de que habían dejado una nota en la mesa al irse: “El jamón un poco seco. Por lo demás, todo riquísimo. ¡Feliz Navidad!”

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