HORMIGAS

Siempre me persiguieron

los susurros incesantes

de las sombrías hormigas,

mascullando en mi cerebro

ideas que siempre me hicieron

perder el tiempo.

Mi semblante siempre

fue huidizo,

asustadizo incluso,

pero el cascarón

que envolvía mi alma

sigue en pie todavía,

protegiendo mi débil corazón

que pende de un hilo,

astillado, pero firme.

“Dejadme en paz”, les dije,

mientras seguían mascando

mi frágil cajilla de sueños.

“Sé perfectamente lo que quiero”,

aunque me sujetéis

con vuestras gigantescas

cadenas invisibles.

“Sé perfectamente lo que quiero”,

aunque yo mismo fuera

quien dejó escapar su sombra

entre los arbustos

para atarse fuertemente al miedo,

del que intento despojarme

sangrando a mares,

buscando una salida

dentro del laberinto

de mi propia estupidez.

Y os culpo a vosotras

malolientes hormigas,

pues escucho vuestras burlas

aún sin haberos pronunciado.

Pero he entendido

que no debo preocuparme,

pues solo balbuceáis miseria

que mana de las insulsas

vidas que os acorralan

hasta asfixiaros

y dejaros sin tiempo.

Sí, tiempo, escucháis bien,

ese oro transparente

que os exprimen

a cambio de menos oro

y más asfixia.

Yo, simplemente,

pienso distinto.

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