JARRY EL SUCIO

“Solo tengo que apretar muy fuerte para cagarme encima.”

“¿Pero qué mierda de idea es esa?” respondió Bill.

Y Jarry se apretó con tanta fuerza que se le puso el rostro morado. Parecía que iba a explotar en cualquier momento.

“¿Se ahogará?” le preguntó un policía al otro.

“Este tío está fatal.”

“Oiga señor, para cagarse encima no hace falta que deje de respirar.”

Pero Jarry seguía insistiendo en su intento de salir airoso de aquella situación.

“Tío, Jarry, solo es una multita de nada, me estas asustando,” dijo Bill tocándole el hombro a su amigo con todo el tacto del que disponía.

De repente se oyó un estruendo grandísimo, la Tierra se inundó de color ocre, bastante marrón. La vegetación se secó en un instante, como si hubiese sido fulminada por las llamas. La pura imagen del infierno se presentó a las puertas de la humanidad y entró sin llamar. El aire era espeso, más que el humo, era como neblina amarillenta y grisácea.

“¡Me cago en su puta madre, está podrido!” soltó el policía más alto, mientras se tapaba el rostro con las manos.

“Voy a vomitar,” añadió el otro madero, más veterano (calvo y con bigote), dándose media vuelta y poniendo su tronco en ángulo recto con sus piernas. Su mano derecha se adhería a su boca mientras una tremenda arcada le llegaba desde el estómago a la garganta. “Hay que detenerlo,” acertó a decir casi sin poder girar el cuello para mirar.

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“Se ha cagado encima. Al coche no lo meto.”

“Ponle la multa aunque sea.”

“Parece que no aprenderéis nunca…” dijo Jarry. Entonces cerró los ojos con fuerza justo después de absorber todo el aire que le cogía en los pulmones.

“Tío, en serio, esto no mola,” soltó Bill mientras ponía su mano entre él y su amigo, como si se tratase de una barrera imaginaria. “¡Estamos en un parque. Ahí hay una madre que corre con su pobre niño en brazos huyendo de la puta bomba nuclear que acabas de soltar!”

A Jarry le temblaban las piernas de una manera altamente preocupante, al igual que los brazos, que acababan con los puños apretados. Sus dientes se comprimían entre sí fuertemente y de su frente manaban un sin fin de gotas de sudor, formando en conjunto un rostro más colorado que la cresta de una pava.

“¡Boooom!”

Otro cataclismo apoteósico secó el aliento de todo ser vivo a menos de doscientos metros a la redonda.

“¡Arreste a ese loco!” acertó a decir el poli calvo.

“¿Cómo? ¿Que he cagado poco?” respondió Jarry dando un paso al frente hacía los agentes, que luchaban contra su propio organismo por no vomitar.

“¡No, no! De acuerdo, vámonos. No nos pagan lo suficiente como para aguantar esto. Es insoportable, ¡está loco!”

Los dos agentes de policía salieron andando a paso bien ligero en dirección contraria, uno junto al otro echando la vista atrás. Dejando tras de sí un fondo anaranjado con humo, y delante, dos figuras: una jadeando por el esfuerzo, y la otra, con una rodilla en el suelo y la cabeza apoyada en el brazo, luchando por sobrevivir.

“Es infalible.”

Bill levantó la vista, enrojecida y húmeda hacia su amigo. “Te juro por Dios que si vuelves a hacer eso yo mismo cogeré la porra del madero y te partiré las putas piernas,” acertó a decir, mientras se incorporaba y se marchaba con angustia en el rostro, dejando tras de sí la sonrisa satisfecha y pícara de Jarry.

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PALOS Y ASTILLAS

En el desván había un cofre antiguo grandísimo, de madera, con motivos florales en dorado ya dañados por los años. El problema era el candado. El ser humano es como es gracias a la conjunción entre curiosidad y prohibición. Mi madre siempre me dijo que la llave estaba perdida y que ese cofre debería de estar en el basurero, lo que yo siempre intuí como una manera sutil de pedirme que viviera como si el cofre no existiese. Pero mi condición humana hizo que la curiosidad creciese, haciéndose insoportable en los últimos años. Es como si el cofre me atrajese hacia él sin dejar que mi cerebro se ocupase de otra cosa. Llegué a obsesionarme con la idea de encontrar la llave, probando todas las que encontré por casa y por casa de familiares cercanos. Pero a veces la solución más sencilla se encuentra delante de nuestras narices, y por estar encabezonado en encontrar una llave, nunca vi la posibilidad de prescindir de ella, hasta que mi hermano perdió la llave del candado de su bicicleta y decidió romperlo con una cizalla. Lo que provocó que en una media hora tuviese yo el cofre abierto.

Al alzar la tapa parecía que el corazón se me iba a salir por la boca. Aunque mis expectativas se vieron mermadas por la austeridad del descubrimiento, pues en mi mente se había proyectado la ilusión de un cofre repleto de tesoros antiguos, pero en un primer vistazo solo encontré tres manuscritos viejos y un montón de bolígrafos gastados. Aunque al hacer un examen más a conciencia también pude ver un tarro con tinta roja seca y una pluma. En la primera página de los manuscritos solo se podía leer un nombre y unas fechas (supuse que se trataba del seudónimo del escritor y las fechas en las que redactó dichos manuscritos). Rápidamente los cogí y me dirigí a mi habitación.

Comencé a leer el primer tomo con la luz tenue del flexo proyectada desde el cabecero de la cama. Normalmente cojo el sueño leyendo, pero cuando me vine a dar cuenta, por las rendijas de la persiana ya se dejaba ver el lento fluir del sol. Me quedaban 7 páginas para terminar el primer manuscrito, pero tenía que marcharme al instituto, así que lo dejé bien escondido junto a los otros dos y salí del cuarto.

El caso es que ni durante el trayecto al instituto ni durante toda la mañana pude quitarme de la cabeza aquel perturbado personaje que protagonizaba este escrito número uno. Se trataba de una descripción tan cruda y fiel de los sentimientos de una persona que no me dejaba levantar la vista de los folios. Jamás había experimentado esta afinidad hacía un personaje de ficción. Necesitaba saber más.

Al llegar a casa fingí dolor de estómago y subí a mi cuarto a toda prisa, y sin probar bocado devoré las últimas páginas del primer tomo para empezar el segundo de inmediato.

El corazón se me iba a salir del pecho al comprobar que el protagonista, con el paso de las páginas, adquiría una actitud más violenta hacia sí mismo. Notaba como cada vez se iba centrando más en sus problemas internos, adquiriendo un tono de odio hacía su propio yo tremendamente intenso. Todo esto mezclado con pequeños episodios, digamos “psicóticos”, que se hacían más frecuentes, presentados como pequeñas pesadillas surrealistas llenas de monstruos y fantasmas descritos con todo tipo de detalles.

A veces escuchaba a mi madre tocar la puerta para preguntar si me encontraba bien. Esto me irritaba de una manera extrema, aunque yo solo contestaba que sí, sin dar a entender mi frustración para no preocuparla y así no extender demasiado las interrupciones.

Al rato noté que me empezaba a molestar la luz y cerré las persianas. Puse toallas en la rendija que quedaba en la parte inferior de la ventana y también debajo de la puerta, dejando como único foco la luz de la bombilla, a la que en las últimas horas veía como mi única compañía en este mundo. Me fui encerrando cada vez más en la lectura, saliendo de la habitación solo para ir al baño y para decirle a mamá que me encontraba mal y que me dejase descansar. Destrocé el reloj que había en mi mesita de noche, puesto que no podía soportar ese asqueroso y rutinario tic tac. Descuarticé pieza a pieza a ese bastardo, disfrutando profundamente el momento en el que doblaba sus manillas hasta quebrarlas finalmente. Ya no tenía concepción del tiempo, ni siquiera del espacio, gracias a que la oscuridad hizo que me olvidara de lo que había más allá de la penumbra, o puede que sencillamente no me interesara. Solo quería saber más sobre este peculiar personaje cuyo nombre no se rebelaba, y con el cual, empezaba a sentirme extrañamente identificado.

Una vez empecé el tercer manuscrito ya ni era consciente de estar leyendo. Palabra por palabra se me inyectaban en la sangre y las sentía tan mías como si fuese yo mismo quien pronunciase el discurso, ahora claramente suicida y difuso en su contenido, pues las paranoias se me aparecían como imágenes ante mis ojos a través del foco de oscuridad que me envolvía. Ya no diferenciaba bien la realidad de las visiones que me provocaba la lectura. De vez en cuando escuchaba golpes y gritos de alguien conocido, pero eran como ecos fugaces.

En este último escrito, la tinta cambiaba el color azul del bolígrafo normal por un color rojo sangre, que parecía estar realizado con el tintero y la pluma que encontré en el fondo del cofre. Además, el trazo de la caligrafía era ya difícil de descodificar debido al tembleque de la mano del autor. Tembleque que se citaba en el texto. El contenido parecía tornarse sumamente autobiográfico, pues, por momentos, se comenzaba a narrar en primera persona.

Los ojos se me inyectaban en sangre, los párpados me dolían de tanto abrirlos, y las uñas rasgaban las sábanas hasta llegar al colchón, que ya se deshilachaba de la presión. Mis glándulas sudoríparas trabajaban a fuego para producir el líquido que al deslizarse helaba mi piel; mi cuerpo, semidesnudo, trataba de contrarrestar los intensos escalofríos, que más que escalofríos parecían convulsiones; mis oídos se encontraban taponados, o quizá fuese sordera. El caso es que al leer se escuchaban tremendo golpes y gritos, pero muy alejados. Yo no prestaba atención, pues me faltaban escasas líneas para terminar la agonizante lectura. Escasas líneas que citaré textualmente:

Ya no me quedan fuerzas, ni sangre en las venas para alimentar esta pluma podrida e inmunda. Mis brazos ya no aguantan más agujeros ni heridas que goteen dentro del tintero. Se me acaba la tinta, y por lo tanto, se me acaba la vida. Por eso, en un último momento de lucidez, pido perdón a mi esposa por lo que estoy a punto de hacer. Estos escritos demuestran que mi tormento mental tritura toda esperanza de felicidad hacia ella y mis dos hijos, que están a punto de abrir sus ojos a este mundo hipócrita y maldito, que yo no pude soportar. Solo pido que mis vástagos no hereden ni un ápice de mi triturado cerebro, y si Dios existe, que lo sabré pronto, tendrá que pedirme perdón eternamente por no dejarme disfrutar convencionalmente de mi vida y de mis astillas, que ahora crecerán sin mí, en paz.

De repente se abrió la puerta y un foco de luz entró enturbiando mi vista. En ese instante volví a recuperar el oído, escuchando a mi madre gritando “¡Noo!” mientras lloraba desconsoladamente sin quitar la vista de los manuscritos y de mi estado semihipnótico. Mi hermano entró al cuarto encendiendo la luz. Los ojos me lloraban cercados por unas voluminosas ojeras, los extremos de mis manos sangraban y mis tembleques no dejaban de acosarme. Mi hermano ya no parecía mi gemelo. Se volvió hacia mi madre y luego hacia mí sin comprender. Entre sollozos y balbuceos acerté a comprender a mi madre diciendo: “¡Tenía que haber quemado esos malditos escritos, los tenía que haber quemado!”.